El día después: algunas reflexiones desde la Educación Sexual Integral

Fotografía: Gianni Bulacio (“Presente: retratos de la educación argentina”)

Vienen tiempos de ataques a la educación en general, y a la Educación Sexual Integral en particular. Sin embargo, en la distancia pedagógica en la que lxs alumnxs no entienden lo que para la docente es claro estarán las oportunidades de oro.

Escribo estas palabras a pocos días de la asunción a la presidencia de la nación  de una fuerza política negacionista y reaccionaria que ganó las últimas elecciones con un amplio apoyo popular.

Me embarga la desazón. Una sensación que, al tiempo que me cuesta poner en palabras, se me hace conocida por estar atada a la persistencia de esos posicionamientos violentos en nuestra escena político-social, a pesar de su insistencia en presentarse como lo novedoso y transgresor.  

Soy profesora de Educación Sexual Integral (en adelante ESI) en diferentes Institutos de Formación Docente y en espacios universitarios. Algunxs de mis estudiantes, muy comprometidxs con la materia y con un desempeño académico muy bueno, según lo expresaron días previos a la elección, votaron a Mieli. Es decir, una opción política que rechaza el reconocimiento legal de los derechos sexuales y educativos que distingue a nuestro país, y de las luchas sociales a los que van unidos. Ante mi pregunta por esa decisión la respuesta fue tan cortante como escueta: “queremos un cambio”. 

A continuación comparto lo que ocurrió el día después de ese resultado electoral, con algunxs de estxs alumnxs, en una de las instituciones en la que soy docente.

Parto de esta experiencia concreta proponiendo la siguiente hipótesis: la ESI es una herramienta político-pedagógica potente para transitar, tanto en el aula como socialmente, los malestares que emergen anudados al triunfo mediante el voto popular de una fuerza que, a todas luces, se presenta como un retroceso en relación a cualquier posibilidad de construir una sociedad más justa.

Se trata de un desafío sumamente complejo tanto en lo social como en lo que hace a la tarea de enseñar, porque, como desarrollo a continuación, implica incomprensiones significativas con nuestrxs jóvenes y sus experiencias. 

Obviamente, la ESI no es la única forma para ese tránsito. Pero, desde mi perspectiva, deviene insoslayable para la resistencia que necesariamente debemos ofrecer a los tiempos que, si bien no son novedosos, se avecinan prometiendo ser mucho más crueles y desvastadores de lo hasta ahora conocido.  

La carta

Como dije recién, al día siguiente del incuestionable triunfo electoral de una fuerza contraria a los derechos sexuales y educativos claves que representa una política pública como la ESI, yo, que la defiendo en lo cotidiano de mi práctica en las aulas, debí dar clases a un conjunto de alumnxs de no más de 25 años que, al tiempo que expresan plenamente su capacidad para argumentar a favor de la conquista de esos derechos, votaron por un fuerza política que rechaza el reconocimiento legal de los mismos y las luchas sociales a los que van unidos. 

Pensé en este “día después” el mismo domingo 19 a la noche y durante todo el lunes (recordemos que fue feriado). La sola idea de ese encuentro como mínimo incómodo, se me hacía muy dificil de digerir. En otras palabras, le temía a una posible confrontación con esxs estudiantes y, con ello, una corrosión de nuestros vínculos pedagógicos, de por sí buenos, respetuosos y productivos académicamente.

Finalmente, tomé la siguiente decisión: para destrabar el momento y transitarlo de la mejor manera posible, había que recurrir a la planificación y cronograma pautados al comenzar el cuatrimestre, respetando más estrictamente que nunca ese encuadre. Esto, según mi lectura, me permitiría atravesar de una manera más o menos airosa el desafío pedagógico y emocional que representaba este día después tanto en el aula, como a nivel social. 

Fui, entonces, con lo programado: leer y reflexionar acerca de la carta que John William Cooke le escribe a Alicia Eguren, en 1955, desde la cárcel, cuando fue injustamente detenido por la dictadura militar que toma el poder por asalto ese año, debido a su posicionamiento y representatividad política (disponible acá).

Se trata de una propuesta que, enfatizando el eje conceptual Garantizar la equidad de género (ver Resolución 340/2018 CFE), y anudándose a encuentros anteriores y posteriores, aspira a problematizar la díada MASCULINIDAD/masculinidades y sus tensiones, haciendo foco en las relaciones de pareja. 

La carta es ampliamente conocida. Cooke le escribe a Alicia atravesando vulnerabilidades extremas. Su escritura desborda sensibilidad. Metáforas que describen lo que siente por ella (“me dio la sensación de un bello junco a la espera del vendaval que lo abatiese inmisericorde”); la angustia que provoca el encierro (“soy un conspirador en desgracia”): y el aliento que representa la presencia fantasmal de su amada en la soledad de su celda (“su cara conejil me anima”). Desde allí, posibilita acercarse a una figura de varón blanco, heterosexual y con poder (aunque “en desgracia”), que, a la vez, es sensible, vulnerable y frágil. Cualidades que, al presentarse enlazadas, tensionan el modelo Masculinidad hegemónica (así, con mayúscula y en singular), proponiendo múltiples modos de vivenciarla. En otras palabras, la carta nos permite argumentar que no todos los hombres detentan (ni deben ni pueden detentar) una fortaleza natural y necesaria, en todo momento y en todo lugar para ser considerados como tales. Por el contrario, la sensibilidad y la vulnerabilidad también forman parte de las experiencias varoniles y es clave contemplar estos anudamientos para comprenderlas en su complejidad. 

Estos nudos alcanzan un punto interesante para el debate, cuando Cook, al tiempo que le escribe a su amada la más bellas y amorosas palabras, le recrimina su desenvolvimiento político: “Ud […] aprovechó para hacerme víctima de sus artimañas e insolencias: puso en duda mi indiscutido talento, mis virtudes para el mando y mi condición de jefe; creó serias dificultades a mi acercamiento con el sector femenino del Partido; y en suma, intentó tratarme como a otro de sus peleles”.

Si bien este reproche se suaviza en lo inmediato (“no crea que me quejo”, “nunca me quejo”), resulta fértil para interrogar los sentidos que lo vertebran considerando el modelo de Masculinidad hegemónica y la binaria distinción a la que se anuda, entre el ámbito público como espacio privativo de los varones, y el privado destinado por antonomasia a las mujeres, teniendo como fundamento la genitalidad. En otras palabras, habilita la formulación de preguntas en torno a la linealidad que, desde las relaciones patriarcales de poder y los paradigmas moralizantes y biologicistas, se suelen establecer entre, por un lado, testículos, pene y testosterona/fortaleza y actividad/mundo político y productivo. Y, por otro, ovarios, útero y estrógenos/debilidad y pasividad/mundo doméstico y reproductivo. 

Con estas ideas planificadas al comenzar el cuatrimestre fui a dar clase ese 21 de noviembre. Como dije anteriormente, entendía que esa era la mejor manera de transitar el momento, ante el desánimo y desazón que me provocaba el resultado de las elecciones y la contribución que a ese triunfo habían hecho algunxs de mis alumnxs con sus votos.

Entre no entender y sostener

Dos primeras respuestas emergieron a partir de mi propuesta: “profe, no entiendo nada” y “si recibo un mensaje así por WhatsApp, me parecería raro”. Contestaciones que, como el triunfo de la Libertad Avanza un par de días antes, huelga decir, se salían de lo que esperaba.

Por un instante pensé en levantar la clase. No podía entender que no comprendiesen algo que, para mi, era nítido y claro. Sensibilidad y metáforas; amor y reproches; participación política y vulnerabilidad. Todos elementos que, anudados y en tensión, permiten reflexionar sobre las relaciones de pareja y su complejidad, sustrayéndolas de la connotaciones románticas y lavadas de conflictividad que suelen insistir desde el sentido común. 

Sin embargo, no lo hice. A sabiendas que le añadiría más incomodidad a mis sensaciones previas, opté por sostener el encuentro poniendo en suspenso el malestar provocado por la distancia entre mi expectativa y lo que ocurría efectivamente con mi propuesta.  

Se me ocurrió, entonces, agregar: “Si no comprendemos la carta, leamoslá todxs juntxs, con detenimiento y en voz alta para ver si, de este modo, la podemos entender mejor”. 

Si bien hubo algunas resistencias, así lo hicimos.

Nos dedicamos toda la clase a desmenuzar párrafo por párrafo, oración por oración, palabra por palabra. Pensamos posibles sentidos. Los pusimos en diálogo con diferentes autorxs, con los debates desarrollados en clases anteriores, y con las propias vivencias en torno a los vínculos de pareja.

Asimismo, compartimos experiencias relacionadas con la escritura epistolar y de diarios íntimos, trayendo al presente recuerdos infantiles y adolescentes. Todo un emergente que aproveché al instante para enfatizar aun más el costado reflexivo de mi propuesta.  

Hacia el final de la clase, podríamos decir que quedé satisfecha. Se desarrolló la planificación como se había planteado poniendo en suspenso el malestar inicial. Todo un logro si consideramos el punto de partida. 

La ESI, una posibilidad pedagógica 

Si bien el relato de esta experiencia concreta en aula enfatiza mi práctica desde un punto de vista individual, se me hace importante subrayar que, lejos de eso, la decisión de sostener el encuentro poniendo entre paréntesis los malestares, dado su anclaje en la ESI, tiene un carácter profundamente colectivo.

Para ser más clara, quedarme en la clase y no levantarla como en un momento pensé, fue posible por el compromiso con la ESI que un conjunto de docentes llevamos adelante en cada aula desde hace casi dos décadas. Por la convicción que tenemos en relación a abrir sus Puertas de Entrada ante situaciones, como la descripta, que nos interpelan tanto política como subjetivamente. Y por nuestra decisión de enfatizar la pedagogía del deseo, como una posible protección colectiva ante la violencia y el horror. 

Encuentro en lo vivido estos últimos días en términos sociales y en mi situación de aula un elemento común: estamos atravesando un momento de extremo desconcierto y malestar generalizados anudado a un no enteder que involucra a las relaciones que construimos con lxs jóvenes. Desde ahí, se produce un desencuentro que amerita una problematización que, desde mi lectura, es esencialmente pedagógica.

Dicho de otro modo, y trayendo a colación lo expuesto hasta acá, así como no entendemos por qué La Libertad Avanza les representa a varixs jóvenxs un cambio, cuando la experiencia vivida desde hace casi 50 años indica exactamente lo contrario, ellxs no entienden de qué va la escritura epistolar en tiempos de WhatsApp, aunque la planteemos como recurso un potente para visualizar las relaciones de pareja y su complejidad.  Desde ahí, la distancia entre lo que esperamos de ellxs, sea referido a sus opciones políticas o a sus respuestas en clase, emerge como un obstáculo que nos hunde más en la desazón. 

Sin embargo, esa distancia y no entender, también pueden adoptar la forma de oportunidad pedagógica para detenerse a pensar, abrir interrogantes y fomentar la reflexión. Para ello, se hace necesario transformar el obstáculo en problema de enseñanza desde una perspectiva centrada en la ESI que, sin garantizar soluciones acabadas, apunte a alojar la disconformidad y la desazón.

Lo sabemos, el reproche y el enojo, si bien aparecen como primeras acciones catárticas disponibles, empeoran aún más la situación. En este sentido, un conjunto necesario de preguntas gira alrededor de las subjetividades emergentes de las diferentes crisis que vivenciamos desde la dictadura de 1976 a esta parte, incluyendo la pandemia y el desarrollo de las tecnologías de comunicación. Las sucesivas derrotas de los sectores populares y la exacerbación de la desigualdad a la que se atan, dejan huellas en las prácticas y modos de vincularnos que requieren atención.   

Será parte de nuestro desafío, entonces, poner en diálogo la ESI con otras propuestas y prácticas político-pedagógicas, para que esas distancias, lejos de ser invisibilizadas o combatidas, se hagan más amorosamente transitables. Sobre todo, considerando la complejidad de los tiempos que se avecinan.   

Publicada el 9 de diciembre de 2023


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Soledad Vázquez

Es socióloga, docente y magister en educación. Enseña Educación Sexual Integral en Institutos de Formación Docente y en UNSAM. Su tesis doctoral está en proceso de evaluación.

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