Cuando la realidad del aula irrumpe, las teorías pedagógicas, los marcos normativos y nuestras propias convicciones parecen desvanecerse en instantes, los mismos instantes que requiere una respuesta inmediata.
Ese diciembre de 2014 fue caluroso y, sobre todo, húmedo. El Servicio Meteorológico Nacional anunció una ola de calor y Crónica TV tituló: “se adelantó el verano”. Los cuerpos se volvían pegajosos, el pelo se desarmaba, la sensación de agobio no era una metáfora, era una nueva forma de estar en el mundo. Mi mundo era un aula en una escuela del sur de la Ciudad de Buenos Aires. También lo era para los treinta estudiantes que compartían conmigo la última hora del viernes. El ventilador giraba con una insistencia heroica, intentando remover el aire espeso. No tenía éxito. Las ventanas abiertas sólo servían para que la avenida Vélez Sarsfield entrara en el aula: bocinazos, motores, ruidos constantes. En esa clase de Geografía parecía que el afuera tenía más fuerza que todo lo que intentábamos decir adentro.
Hay escenas que uno cree que se evaporan con el calor, pero algunas quedan adheridas como la humedad en las paredes. Vuelven cada tanto. En marzo del 2014 inicié mi carrera docente: fue mi primera suplencia en esa misma escuela con un segundo año que con el tiempo comprendí que no era un curso sencillo. Para diciembre trabajaba con treinta adolescentes con el cuerpo casi fuera de la escuela y la cabeza en las vacaciones. Ese viernes, un comentario desde el fondo del aula irrumpió. Una mirada me interpeló. Hubo cinco segundos para decidir. Lo que ocurrió fue mínimo en duración, pero desproporcionado en consecuencias y comprendí algo incómodo sobre la profesión.
***
Tres filas, diez bancos en cada una ordenados de a pares. La arquitectura escolar intentaba prometer orden y no siempre lo lograba: líneas rectas, cuerpos alineados, parejas asignadas. El orden no garantizaba nada. En el fondo se sentaba él, siempre en el fondo. Silla inclinada hacia atrás, piernas extendidas, una gestualidad que oscilaba entre el tedio y el desafío. No era el que gritaba sin estrategia; era el que esperaba y elegía el momento. Los agravios formaban parte de su modo de estar en la escuela: comentarios hirientes a sus compañeros, ironías hacia mí, hacia la preceptora. Siempre parecía haber una provocación lista. Me daba la impresión de que buscaba el límite con la misma insistencia con la que ese viernes el ventilador intentaba mover el aire. Y también me quedaba una sensación incómoda: nadie parecía haberle puesto un límite claro antes. Yo era suplente, estaba de paso, y muchas veces los suplentes habitamos ese lugar ambiguo donde no sabemos cuánto intervenir ni con qué respaldo contamos. Entre no “meter la pata” y no dejar pasar ironías e insultos, la frontera es difusa cuando uno sabe que su tiempo en la escuela es breve.
Yo explicaba un mapa. Mostraba un río largo atravesando el continente. Tiza blanca contra pizarrón verde. Un estudiante de los primeros bancos levantó la mano. De esos que levantan la mano con cuidado, como si el acto de preguntar fuera un examen.
—Profe, ¿ese es el río más largo del continente?
Miré el mapa y dudé. Fue una duda mínima de esas que forman parte del trabajo pero que uno siente como una grieta íntima. Mi respuesta iba a ser que estaba en duda y que para la próxima lo iba a averiguar. Y entonces, desde el fondo, la frase:
—A vos te gusta larga, ¿no, putito?
No recuerdo el tono exacto, pero sí el efecto. El aula quedó en silencio. Nadie se rio. Algunos bajaron la mirada. El chico que me había preguntado sobre el río no respondió. Me miró. En esa mirada había algo, un pedido y una pregunta sobre el lugar que yo iba a ocupar. Cinco segundos pueden ser eternos cuando uno entiende que no está en juego sólo un comentario, sino una forma de estar en la escuela. Pero cinco segundos también puede ser muy poco tiempo.
En el año 2014 la Ley de Educación Sexual Integral llevaba ocho años sancionada y muchos docentes habíamos participado de las capacitaciones distritales. Formaba parte del marco normativo que nos recordaba que la escuela debía valorar las emociones y sentimientos presentes, garantizar la apropiación del enfoque de derechos humanos, el respeto por la diversidad, prevenir situaciones de discriminación y promover vínculos libres de violencia. El insulto no era “una cargada más”. Era una expresión de violencia en un espacio que tenía la obligación de intervenir pedagógicamente. Pero era mi primera suplencia y entre la letra de la ley y el comentario que llegó desde el fondo hubo sólo cinco segundos.
***
Le pedí al estudiante de adelante que me acompañara afuera, al pasillo. Me miró sorprendido, parecía decir “¿por qué yo?” y le insistí para salir del aula. Claro, en su imaginario seguramente pasaba la idea de que sólo había hecho una pregunta y no era él con quien debía hablar sino con quien hizo ese comentario agresivo. Cerré la puerta, y desde afuera no escuché un solo murmullo adentro del aula a pesar de no ser un curso que se caracterizaba por el silencio. Fui claro: le dije que era la última vez que iba a escuchar un comentario así de un compañero suyo, que todas las clases era una disputa para poner límites y que mi paciencia había terminado. Agregué que si volvía a suceder sin importar cuándo, me lo tenía que decir, que lo trataríamos con el rector directamente. Me agradeció.
Ingresamos al aula y llamé al otro estudiante, al del fondo. Pensé que iba a negarse a salir, que me iba a enfrentar, pero no. Salimos. El pasillo estaba vacío. Miré el reloj: 12.10. Faltaban cinco minutos para que el timbre sonara y los estudiantes se retiraran de la escuela. Esos cinco minutos eran mis últimos en la escuela porque la profesora titular volvía el lunes siguiente. Pero en ese segundo año nadie sabía; simplemente nunca lo conté. Aproveché esa ventaja: le pregunté qué día era.
—Viernes— dijo.
Entonces expresé algo que hoy, doce años después, aún pienso:
—Tenés el fin de semana para buscar otra escuela. Voy a pedir tu expulsión.
Mientras hablaba sentía el pulso en la garganta. No era una escena pedagógica ejemplar ni una intervención planificada en perspectiva de derechos. Era una reacción atravesada por el cansancio, por meses de tensiones acumuladas con él y por la necesidad —quizás urgente— de marcar un límite. Con los años entendí algo más incómodo: tampoco tenía herramientas. En ese pasillo no apareció ninguna capacitación ni ninguna lectura, había un vacío. La transformación fue inmediata. Sus hombros bajaron. Su mirada dejó de desafiar. Apareció el miedo.
—No, profe, por favor.
Y ahí ocurrió algo incómodo: entendí que el miedo estaba funcionando. Después de advertencias, de diálogo, de intentos de encuadre, lo que producía efecto era la amenaza. Podría haber retrocedido. Podría haber convertido ese momento en una conversación más amplia sobre el insulto, la homofobia, el respeto y el sentido de las palabras. La ESI ofrecía herramientas para eso. No lo hice. Sostuve la idea de la expulsión, que yo sabía muy bien que era una ficción. Volvimos al aula. El aire era otro. Nadie habló. Borré el pizarrón despacio, la tiza quedó suspendida en el aire. Sonó el timbre. Saludé y me fui. En ese curso nadie sabía que era mi último día.
***
Durante años me pregunté si había sido una victoria: había protegido a un estudiante, había establecido un límite claro, había expresado que lo que había pasado no estaba bien. Que alguien vio, que alguien escuchó, que alguien iba a hacer algo. Aunque ese algo haya sido imperfecto, aunque haya sido torpe, poco profesional, aunque haya sido en el último día de una suplencia que se terminaba sin que nadie lo supiera.
Doce años después intenté buscarlos. Al que hizo el comentario no lo encontré. Una compañera me dijo que trabaja en gastronomía, que está bien, que no usa mucho el celular. No pregunté más. Al otro le escribí. No respondió. Dos silencios. Dos formas de la distancia. No sé si recuerdan ese viernes de 2014. No sé si el insulto fue para ellos un episodio más o si dejó alguna marca. No sé si el fin de semana el estudiante del fondo lo pasó con miedo, si habló con su familia, si entendió que la expulsión era imposible, si volvió a hacer comentarios por el estilo. Yo sí volví muchas veces a pensar esa escena.
Con los años entendí que lo que estaba en juego no era sólo un exabrupto ni una sanción disciplinaria. Era la pregunta por la autoridad docente en un contexto normativo que ya nos exigía intervenir desde el enfoque de derechos. ¿Cómo se construye autoridad sin reproducir violencia? ¿Cómo se protege sin humillar? ¿Cómo se enseña respeto sin recurrir al miedo? Uno entra al aula creyendo que va a enseñar contenidos, pero la escuela es también el lugar donde se disputan sentidos sobre el cuerpo, la sexualidad, la diferencia, la presencia, las formas.
Si hice bien o si hice mal, lo tengo más claro hoy que en aquel entonces. Sé que decidí en cinco segundos y que esa decisión produjo un efecto inmediato. También sé que la autoridad sostenida en el miedo puede ordenar, pero no necesariamente educa. Con el tiempo entendí, también, que esa escena no hablaba sólo de mi decisión individual, sino de algo más amplio: del escritorio en el que uno estudia y del territorio cuando uno ejerce, de la homofobia naturalizada en las escuelas y de la soledad estructural del docente suplente. La pregunta no es únicamente qué hice yo en cinco segundos, sino qué condiciones construimos para que intervenir desde el respeto no sea un acto individual improvisado, sino una práctica colectiva sostenida.
Ser docente consiste muchas veces en actuar en la urgencia y, años después, volver sobre lo hecho a la luz de otras herramientas, de otros contextos, de otras comprensiones. Hay escenas que no se cierran, sino que se transforman en preguntas. Y, a veces, la pregunta es más formativa que la respuesta porque al día siguiente hay otra aula, otros treinta estudiantes y otra oportunidad de equivocarse mejor.
Publicada el 15 de marzo de 2026
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