Indios latinos con guitarra eléctrica

Fotografía: Laura Frydenberg. En Instagram: @ojo.de.tiza

Tras el revuelo viral durante el mundial de fútbol y con el gobierno restituyendo el "Día de la Raza", Guido Cordero reflexiona acerca del concepto de raza y si Argentina es tan racista como dicen.

Agradezco los comentarios a una primera versión de Joan Manuel Portos, Marina Larrondo, Pablo Semán, Manuel Becerra, Luisa Staszewsky y Laura Birman.

En meses recientes cobró vigencia la discusión sobre el carácter de la sociedad argentina en cuanto a discriminación y racismo. A propósito del Día del Respeto a la Diversidad Cultural, que en comunicaciones oficiales ha sido recientemente reemplazada por el antiguo “Día de la Raza” proponemos un recorrido sobre las clasificaciones sociales, las nociones de “raza” y “cultura”, y los modos en que las sociedades modernas abordan la diversidad, para pensar donde estamos y hacia donde podemos o querríamos ir.   

I

Las personas clasifican. Clasifican las cosas que ven o perciben, las que están inertes, las que están vivas y las que imaginan. No son el único animal capaz de hacerlo, pero parece evidente que es la especie que lo ha llevado más lejos. El mundo ordenado por la imaginación humana permite a las personas moverse a través de él reduciendo la incertidumbre de cada paso, identificar con más probabilidad el peligro y lo seguro, lo extraño y lo que es propio. Las cosas y los seres, que vemos y que no vemos, incluso los que quizás no existan, pueden ser agrupados a partir de rasgos reconocibles. Estos rasgos suelen ser insuficientes para describir a cada cosa y cada ser en particular, pero son pragmáticamente útiles para saber que esperar de un integrante al azar de ese conjunto.

Las personas también clasifican a otras personas, y probablemente no podrían no hacerlo. El trato continuo con alguna persona en particular seguramente nos mostrará que rebasa la ubicación inicial en alguna caja donde lo pusimos inicialmente, pero hay un límite en el número de personas a las que podríamos conocer lo suficiente para notarlo. Se han propuesto diferentes cifras para ese límite, que no van más allá de algunos centenares. En nuestra vida interactuamos cotidianamente con personas con las que nunca tendremos ese nivel de cercanía, y ubicarlos en alguno de los estantes mentales que organizan nuestro mundo es suficiente para lo que necesitamos: saber que esperar de ellas en ese momento en particular en que cruzaron nuestro camino.

Para que estos estantes tengan sentido y sean útiles resaltaremos algunos rasgos y olvidaremos otros, y supondremos que un representante individual de ese grupo que hemos creado contiene todos aquellos rasgos que hemos definido. Es fácil el ejercicio mental para reconocer esta operación y lo que hacemos con ella: nos cruzamos de calle si percibimos peligro, nos acercamos con confianza a algunas personas y no a otras, suponemos saber qué esperar de desconocidos con solo remitirnos a aquello que ya creemos saber. Tenemos alguna imagen de cómo son las personas de otros países, de otras religiones, o de cualquier otro rasgo que los hace distintos a nosotros. No tener esas clasificaciones en nuestra cabeza nos expondría a un mundo con mayor incertidumbre a la que ya tiene, y quizás haría más difícil la vida social. Por supuesto, también nos clasificamos a nosotros mismos, y nos atribuimos rasgos que creemos que pertenecen al conjunto de personas de las que nos sentimos parte.

Se llama alteridad a la experiencia de interactuar con personas que, aunque son parecidas a nosotros, tienen algún aspecto que nos resulta extraño o, por lo menos diferente. Frente a esa experiencia podemos hacer varias cosas, pero el reflejo inicial seguramente será clasificarlo según esos parámetros con los que hemos organizado el mundo. La atención a su singularidad, el despegarla de esos parámetros demasiado generales llegará, si llega, más adelante. Primero, trataremos de entenderlo a través de nuestras propias pautas, y tenderemos a atribuir aquellas que las tensionan a un rasgo compartido de un grupo que no es el nuestro, que imaginaremos en base a ese rasgo repartido más o menos uniformemente. La sorpresa ante una forma extraña de comer, de vestirse, de actuar o de lo que sea se convertirá para nosotros en una característica de ese grupo diferente al nuestro. Simultáneamente, y en contraste con ese otro, se nos harán más nítidas aquellas características que, creemos, son propias del grupo al que pertenecemos.

Por supuesto, no es sólo de la experiencia particular surgen estas clasificaciones. Además, estas no son siempre son igual de rígidas ni tienen las mismas consecuencias. Importaba resaltar que, hasta cierto punto, clasificar a las personas es inevitable. Por eso hay algo utópico en imaginar un mundo donde nadie sea objeto y/o sujeto de algún estereotipo. Los estereotipos pueden ser más rígidos o más flexibles, podemos ser más críticos con ellos o aceptarlos pasivamente, pero a cierto nivel los necesitamos. Hay alguna relación entre ellos y las formas más oprobiosas de exclusión en función de la pertenencia, pero esta relación no es lineal. Aunque las maneras en que las personas han elaborado la experiencia de la alteridad a lo largo de la historia son profundamente diversas, y nunca conoceremos muchas de ellas, podemos asumir que alguna forma de simplificación de lo que es el otro, para integrarlo en conjunto mayor definido por un puñado de rasgos, está siempre presente. Y que, además, todos lo hacemos. Quienes trabajamos dando clases, por ejemplo, clasificamos a nuestros estudiantes de diferentes maneras: por su origen, por su extracción social, por su aspecto o por otras características más. Lo hacemos aun cuando un mandato de nuestra profesión es ignorar esas diferencias. Pero los estereotipos que tiramos por la ventana se nos meten por la piecita del fondo: no podemos evitar clasificar.   

II

No todas las maneras en que se clasifican a las personas son idénticas ni tienen las mismas consecuencias. A veces alcanza con que algún rasgo que habíamos puesto en una persona sea contradicho para que lo descartemos. Pero a veces la clasificación es tan poderosa que resiste toda evidencia. La contradicción entre lo que creíamos y una persona en particular no la pondrá en duda más allá: sólo ella sería distinta. El grupo al que pertenece seguirá siendo imaginado como formado por unidades iguales, por lo menos alrededor de algunos rasgos. Después de todo, nosotros también nos vemos a nosotros mismos como parte de otros grupos con rasgos compartidos, aunque no nos resulte fácil determinar cuáles son. Cuando algún conjunto de características resiste cualquier tipo de evidencia, y la pensamos como definitoria de las características de todos y cada uno de los miembros del grupo, podemos decir que ha sido esencializada. 

La “raza” es una forma histórica concreta de esta modalidad esencializada de clasificación. No es la única, ni la primera cronológicamente, pero ha tenido y tiene un peso particular en las sociedades estatales contemporáneas. Qué significa concretamente fue cambiando desde que se consolidó como concepto entre los siglos XVIII y XIX. El término parece haberse originado en la cría de animales domésticos y el saber práctico que permite favorecer algunas características biológicas deseables mediante cruzamientos selectivos. Metafóricamente se extendió en las sociedades europeas a los linajes, es decir las personas con un ancestro común, en sociedades donde la pertenencia a una genealogía era el aspecto más importante de la identidad personal. A medida que otras formas de identidad, que agrupaban a grupos más grandes de personas, empezaron a cobrar preeminencia, la metáfora se deslizó a describir unidades más amplias. El lento surgimiento de los estados-nación modernos fue de la mano de imaginar a sus pueblos como una especie de linaje extendido, más cercanos naturalmente entre sí que con los extraños.

Metáforas similares existieron en otros contextos, pero el elemento que le dio su cariz moderno a la noción de raza se relaciona con la importancia y el prestigio que asumieron las ciencias en general, y las ciencias naturales en particular, a partir de la Ilustración europea. Asumir similitudes entre los miembros de una familia es bastante razonable, y también lo es extender esas similitudes en círculos de parientes cada más amplios hasta desaparecer en pueblos extraños. Sobre la base de esta intuición, y en un contexto donde los misterios del mundo parecían a punto de ser resueltos por la razón, las diferencias entre personas pasaron a ser un objeto de indagación científica. Las personas podían clasificarse en grupos, igual que el resto de los seres vivos. Estos grupos estarían definidos por rasgos físicos y morales que se distribuirían homogéneamente a su interior y que presentaban diferencias radicales con otros grupos similares. Estos grupos, a su vez, podían ordenarse jerárquicamente desde un nivel inferior en que apenas se diferenciaban de las bestias hasta un nivel superior coincidente con la propia sociedad europea. Sobre este fondo común, los científicos de la segunda mitad del siglo XIX debatían si estas “razas” constituían especies diferentes o variaciones de una naturaleza común, sin que existieran realmente objeciones de fondo.

Por supuesto, el modo en que las razas se ordenaban se adecuaba sospechosamente a la legitimación de sociedades fuertemente estratificadas y que dominaban a la mayoría de los pueblos del mundo. Pero se puede apuntar que no fue la conceptualización racialista científica la que estuvo en el origen de la esclavización o el exterminio de numerosos pueblos: fue posterior. Más bien, estas concepciones fraguaron sobre formas esencializadas que se fueron construyendo previamente a lo largo de la expansión europea, apoyándose en otras formas de conocimiento. La definición moderna de “raza” de hecho, coincidió con el fin del comercio transatlántico de esclavos africanos, y la progresiva abolición de la esclavitud en la mayor parte del mundo durante el siglo XIX. Buena parte de quienes movilizaron esa transformación, por otra parte, habría suscripto sin dudarlo al saber científico que respaldaba la jerarquización de poblaciones humanas en compartimentos aislados. La esclavitud europea, al igual que la de otras regiones del globo, y el dominio de la mayor parte de los pueblos del mundo, no necesitó de la noción de “raza” para existir, si no que la precedió. 

Por lo mismo, cuando cayó en desgracia, muchas formas de esencialización simplemente cambiaron sus términos de referencia. Los científicos siempre tuvieron problemas para ponerse de acuerdo sobre qué rasgos físicos debían privilegiarse a la hora definir cada tipo racial: se proponían clasificaciones que iban de cuatro o cinco a decenas de razas humanas. Con la genética del siglo XX, esas clasificaciones fueron abandonadas. De una imagen como la de un árbol, donde cada rama podía representar las trayectorias fuertemente diferenciadas de distintos grupos humanos, se ha pasado a otra más similar a una red que conecta a todos los seres humanos. Los rasgos genéticos son por supuesto más similares entre los puntos cercanos de la red, pero la mayor parte de ellos son comunes a toda la humanidad y, sobre todo, las porciones en que podríamos dividir la red, que llamamos poblaciones son internamente muy diversas, tanto que el viejo término “raza” ha perdido todo poder explicativo. Dos personas con similar color de piel podrían diferir más en términos genéticos que cada una de ellas con un aspecto diferente. Y, por supuesto, ningún científico incluiría características morales entre los rasgos de una población. Las clasificaciones raciales simplemente no son operativas en términos biológicos. Si lo son socialmente, es por causas históricas y sociales.

III

La “raza” tendió a abandonarse en el discurso científico y retrocedió en el político y social, sin desaparecer, desde mediados del siglo pasado. Pero sus reemplazos presentaron problemas similares. A veces se utiliza el término “etnia” como sinónimo de “raza”, aunque en las ciencias sociales su sentido es diferente. El reemplazo de términos puede ser a veces un simple disfraz, pero más importante es como otros conceptos que sí son claramente diferentes cumplen una función parecida. La “cultura”, también desde un uso diferente al académico actual, en muchas ocasiones remite a clasificaciones esencializadas. Eso no es casual: la definición tradicional de cultura remite a unidades más o menos cerradas, definidas por un conjunto de rasgos característicos distribuidos entre todos sus integrantes y que las diferencia de otras. Fue acuñada en la misma época y clima intelectual en que se definió la raza como categoría moderna y con similar espíritu: ordenar la diversidad humana de manera tal de hacerla más comprensible. Para ello se recurrió a estrategias que, al fin y al cabo, no se alejaron demasiado de lo que, como vimos más arriba, es la experiencia básica de alteridad que ordena nuestros sentidos comunes para movernos por el mundo.

Aún desde el rechazo más sincero a las expresiones más oprobiosas del racismo de los siglos XIX y XX, la cultura fue el tópico desde el cual la diversidad en las formas de vivir en el mundo, pudo jerarquizarse y valorarse en una escala de superioridad e inferioridad. Aunque “raza” y “cultura” no remiten a lo mismo, porque en teoría la cultura podría ser intercambiable mientras la raza estaría fijada en la piedra de la genética, en la práctica funcionan como un par que confluye en la construcción de unidades sociales que se conciben como mutuamente excluyentes, y donde los elementos que la integran son definidos en función de rasgos compartidos e inmodificables. Los estados nacionales modernos han construido su identidad apoyándose en una u otra, o en diferentes combinaciones y articulaciones de ambas. Sabemos, a esta altura, que el hecho de que algunas sociedades hayan privilegiado en su autodefinición aspectos “genéticos” o “culturales” (entre ellos religiosos, modos de expresarse, supuestos temperamentos típicos, etc.) ha dado lugar a formas de exclusión que, aunque diferentes, no permiten razonablemente clasificarlas entre aquellas que las expresan y aquellas que están libres de ellas. Más bien, lo que vemos en combinaciones particulares e históricas de los modos de procesar las diferencias, son elementos similares que se ordenan de manera diferente.

En las sociedades estatales modernas, aún la más autoritarias, la legitimidad del gobierno supone algún “pueblo” que se la otorgue. Ello requiere definir en términos razonablemente nítidos en qué consiste tal pueblo, porque por definición la ciudadanía de un país no puede confundirse con la humanidad en su conjunto. En esta definición los países han seguido caminos diferentes. Algunos han privilegiado algún rasgo, real o imaginario, que sería lo característico de tal nación. La “raza”, la “cultura”, alguna religión, u otros más difusos como un temperamento o un estilo de vida. A partir de allí se establece un centro, un carácter típico, que articula y organiza a los distintos grupos humanos del territorio. Eventualmente, sería el propio territorio lo que dotaría de ese carácter. Aunque uno podría suponer que esta segunda opción daría lugar a sociedades a priori más inclusivas, la historia del siglo XX parece desmentir ese supuesto.

Algunos autores establecieron un contraste entre naciones basadas “en la sangre” y otras sustentadas en “la tierra”. El territorio, en este sentido, daría lugar a sociedades de suyo más inclusivas y “mestizas”, tanto en términos genéticos como culturales. Sin embargo, el “mestizaje” como clasificación presenta los mismos problemas conceptuales que el par de “raza” y “cultura”, a los cuales supone. Desde el punto de vista biológico, la especie humana es una red de mestizos, donde siempre será arbitrario delimitar dos fragmentos de hilos y nudos para dar lugar a un tercero producto de su mezcla. Con el otro término del par encontraríamos problemas similares: simplemente no podremos encontrar la forma pura de la cual el mestizaje es su mezcla. Las culturas mestizas no lo son menos que las culturas que se han mezclado en ellas. Se trata de cortes siempre arbitrarios.

Sin embargo, y asumiendo que ni “puro” ni “mezclado” son expresiones que tengan demasiado sentido, podría suponerse que las sociedades que se han construido ideológicamente como mestizas son más abiertas a las diferencias que las que se han organizado sobre alguna mitología de pureza. Ello supone una valoración positiva de la mezcla y la transformación por sobre la continuidad y la diferencia. En algún punto, quizás se suponga que esa vía puede llevar a la desaparición de las diferencias, especialmente cuando estas suponen discriminación y exclusión, ¿pero son realmente las propias diferencias entre las personas las que “causan” discriminación? En el primer apartado señalamos que, de modo inevitable, las personas deberán organizar a las demás mediante alguna clasificación. No son las diferencias objetivas las que fuerzan esa clasificación, si no la necesidad de las personas de organizar su mundo. Si los rasgos físicos o culturales se diluyeran o transformaran (y lo hacen permanentemente, y siempre lo han hecho) no por ello dejaríamos de construir las clasificaciones y estereotipos que requerimos, sólo los haríamos distintos. Y al hacerlo, podríamos hacerlo de modo esencializado.

Pero hay otro aspecto importante. Las personas nacen y crecen en grupos delimitados con alguna identidad propia. A veces, en realidad por lo general, pertenecen a distintos grupos simultáneamente, que pueden jerarquizar entre sí o referir a distintos contextos en su vida. La nacionalidad, la religión, el origen nacional o étnico, no son alternativas si no referencias que conviven entre sí, a veces armónicamente y a veces en tensión. Para algunas personas esos grupos a los que pertenecen por azar son además un lugar deseado, mientras para otras es un algo que se desea abandonar. Seguramente esta tensión entre la posibilidad de quedarnos o irnos del grupo que nos tocó siempre ha existido. Suele pensarse como un producto moderno, pero es posible que la modernidad simplemente lo haya exacerbado y se hunda mucho más allá en el tiempo.

Las opciones personales entre el desmarcarse y el abrazarse al origen nunca se producen en el vacío. Algunas comunidades pueden ser presionadas a su desmarcamiento, o segregadas para impedir su integración con otros. Lo que mejor define ambas situaciones es lo que tienen en común: la imposición de formas que limitan a las personas la elección de sus trayectorias. Quizás no haya algo intrínsecamente negativo en la disolución de una identidad grupal en otra mayor, ello ha sucedido incontables veces y no siempre es un hecho traumático. Quien escribe no guarda ningún lazo afectivo con las tierras de sus antepasados que llegaron a este continente, y ello jamás ha sido cuestión de interés familiar ni personal. Simplemente ese origen se perdió en el tiempo. Pero la celebración de lo mestizo, además de lo ya señalado, puede esconder en un horizonte de igualdad lo que no es más que una forma de exclusión. Las presiones a la asimilación no suelen caer de modos idénticos en los distintos segmentos de un conjunto nacional, ni esos desmarcamientos son garantía de que la marca de origen realmente desaparezca. La habilitación social al cruce de los límites imaginarios, habilitación restringida en naciones organizadas alrededor de una idea de “raza” o “pueblo” más rígida, puede también expresarse como un mandato de extinción de las diferencias.

En el sentido contrario, la continuidad de grupos diferenciados en una sociedad nacional no significa necesariamente una evidencia de marcada tolerancia: esa continuidad puede depender de la clausura de las fronteras sociales. Las presiones en uno u otro sentido, a la dilución y la mezcla, o a la separación y la continuidad, pueden coexistir en el tiempo. Especialmente porque no se despliegan de la misma manera sobre distintos grupos de personas, ni sobre fragmentos de estos grupos de personas, atravesados a su vez por diferentes pertenencias. Estas formas, por otra parte, jamás son azarosas. De la historia de cada lugar emergerán los desmarcamientos y segregaciones posibles y forzados. Son un resultado del transcurrir de nuestras vidas y las elecciones que tomamos, pero estas no ocurren en el vacío. Aunque comenzamos imaginando elecciones puramente individuales, las maneras en clasificamos y somos clasificados en buena medida ya estaban allí cuando llegamos. La posibilidad de desentenderse del propio origen, o de reivindicarlo, está condicionada por los lugares que ocupa cada grupo, en el nivel donde las clasificaciones nos exceden. En ese nivel, cada país administra su diversidad interna como resultado de negociaciones, imposiciones y transformaciones que ocurren permanentemente.

IV

No todos los países administran la diversidad de la misma manera: no podría ser así porque se trata de un producto histórico y las historias no son idénticas. Cabe preguntarse, entonces, si los modos de administrar la diversidad, de gestionar la alteridad de distintas naciones modernas permite establecer algún tipo de orden. Digamos: quienes lo hicieron peor y quienes mejor. En meses recientes, y a propósito del mundial de fútbol, una discusión de este tipo estuvo bastante presente en la prensa y la discusión pública. ¿Es Argentina un “país racista? ¿Lo es, pero “menos” que este o aquel país? No se trata de interrogantes nuevos, y si bien su breve explosión tiene su explicación en el contexto acotado de la competencia deportiva y las referencias superficiales al país por la prensa y personalidades extranjeras, es posible que también se inserte en transformaciones y discusiones de mayor profundidad. Tradicionalmente, en Argentina no se han reconocido las problemáticas de racismo y discriminación como un problema central. En el mejor de los casos, se lo ha pensado como una problemática acotada, “facilitada” por una población afroamericana e indígena cuantitativamente escasa. Aunque estos tópicos han sido ampliamente problematizados, y en las últimas décadas cuestiones ligadas a estos y otros colectivos han emergido ocasionalmente en la discusión pública, muchas reacciones ante las acusaciones de “país racista” pueden describirse como de total perplejidad. El contraste entre la sorpresa de los acusados y la seguridad de los acusadores, quizás pueda asociarse con la ambigüedad con la que nuestro país ha pensado su diversidad constitutiva y la relativa porosidad de sus límites sociales, que sin embargo difícilmente puedan justificar la idealización que emergió en no pocas defensas airadas. Ambas dimensiones, por otro lado, son objeto de un cuestionamiento crecientemente indisimulado.

Existen encuestas globales que procuran cuantificar el grado de intolerancia que tendría cada país, de modo de poder ordenarlos en una suerte de ranking. En general, estos intentos suelen ser problemáticos. Así como ni la “raza” ni la “cultura” engloban realidades físicas o conductuales unívocas, las tipologías sociales que se refieren a ellas tienen significados diversos. De poco sirve observar el lugar social de un grupo particular en una sociedad “a” respecto de una sociedad “b”, si el modo en que el mismo es definido, y los lugares que ocupa son diferentes. Por históricas, las formas de alteridad no son intercambiables, pertenecen al ámbito de los significados sociales, no de las realidades indubitables. Quizás de una encuesta en nuestro país surja que sería muy menor el número de respuestas que afirmen que no desearían tener vecinos de otra “raza”, pero eso se deberá a que no es ese el modo en que se nombran habitualmente las diferencias y las respuestas varíen apenas se incorporen variables más propias de nuestro contexto (y que esas respuestas, sin embargo, aludan a características físicas, o que se le parecen). Del mismo modo, sería erróneo asumir en la elección de jefes de estado con una religión diferente a la mayoritaria (algo común en muchos países latinoamericanos) una expresión de la tolerancia en ese país. Lo más probable es que sencillamente signifique que ese, y no otros, aspectos de la identidad personal no es relevante para ese rol en particular, para el cual estén pesando otros. Las categorías clasificatorias no pueden extrapolarse linealmente de un país a otro país, y no siempre presentan una continuidad clara al interior del mismo.

Esta es una dificultad conocida en ese tipo de enfoques, que remite al dilema entre singularizar demasiado los datos a recabar renunciando a la comparabilidad o establecerlos de manera excesivamente general, que en consecuencia será poco informativa. Por supuesto, podemos asegurar que, en los estados segregacionistas del Estados Unidos del siglo pasado, en el apartheid sudafricano, en las poblaciones judías de Europa oriental de la primera mitad del siglo XX, o en los centros de confinamiento de población indígena en la argentina del siglo XIX, hay formas visibles de racismo mayores a las que encontraremos en otros contextos. Pero no es razonable tomar como vara las formas más oprobiosas para evaluar qué es lo que estamos haciendo bien o mal. Es difícil que un enfoque comparativo orientado a construir rankings nos ofrezca un conocimiento más allá de lo que ya sabíamos. Las preguntas más relevantes probablemente puedan responderse sólo en marco estrictamente situado, capaz de examinar el carácter histórico, contingente, de las formas de construcción de las identidades colectivas, de sus transformaciones en el tiempo, de los conflictos que suscita, y de las vidas que habilita. La comparación, en esta vía, sería útil como referencia que permita establecer un diálogo que ilumine mutuamente distintas formas de organizar el mundo, para bien o para mal. Cualquiera sea, hay un punto de partida: la diversidad es una condición inexcusable de nuestro país, y de todos los demás. No es una opción entre otras ya que no existen, ni han existido, sociedades realmente homogéneas. La pregunta que responde a los tumbos la historia es que hacer con ello, nunca hay otro punto de partida. No es probable que haya recetas ni fórmulas, y con toda seguridad no hay trayectorias nacionales realmente exitosas en todos sus términos. Al menos en la medida en que entendamos la eficacia y el éxito de las formaciones nacionales como aquellas que capaces de dar a todos sus habitantes la posibilidad de elegir quienes ser sin que les sea impuesto un destino escrito en piedra. 

Publicada el 12 de octubre de 2026


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Guido Cordero

Es antropólogo y Dr. por la UBA. Trabaja como profesor e investigador en la UNMDP y dando clases en la escuela secundaria (actualmente en pausa pero pronto volverá). Investiga las transformaciones políticas, territoriales y económicas de los pueblos de las pampas y el norte patagónico en el siglo XIX.

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