En los cursos de capacitación para docentes sobre Inteligencia Artificial, muchas veces auspiciados por las mismas corporaciones que inventan y venden esas tecnologías, aparecen sentidos comunes como "enseñar a hacer la pregunta correcta". ¿Y si esa consigna fuera en contra no sólo de la enseñanza, sino del sentido mismo de la IA?
“Los educadores representan para el joven un mundo cuya responsabilidad asumen, aunque ellos no son los que lo hicieron y aunque, abierta o encubiertamente, preferirían que ese mundo fuera distinto […]. Precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación ha de ser conservadora, tiene que preservar ese elemento nuevo e introducirlo como novedad en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus acciones, siempre es anticuado y está cerca de la ruina desde el punto de vista de la última generación.” (Hanna Arendt)
Termina el curso sobre sobre “Inteligencia Artificial” que dicta alguien vinculado a una de las empresas que diseñó una criatura IA. Curso casi obligatorio, promocionado por el GCBA para que los docentes (del siglo XX) pueden llevar propuestas con tecnología del Siglo XXI (porque los estudiantes viven en el siglo XXI, nos reiteraron en varias ocasiones) a las escuelas secundarias. Capacitación brindada para que las/os docentes trabajen sobre la pregunta correcta en escuelas con conexión wifi del siglo XIX. Y acá ya me viene una pregunta, ¿por qué estaría mal resistir en el siglo XX con instituciones del siglo XIX los embates de un siglo XXI que parece “roto”? ¿Para correr detrás de avances tecnológicos de los que recibimos advertencias de investigadores de la talla de Stephen Hawking? Y eso no significa que no hay nada para cambiar, planteo una serie de dudas con alguna certeza: si todo marcha a una velocidad desbocada ¿la escuela no es un buen lugar en el que frenar, estar, posicionarse, aguantar? Y, además, hacerlo epistemológicamente, sin Google, ni IA a la vieja usanza: libro, lapicera, papel. Si todo es digital, ¿por qué dejar de lado algo que funciona y está epistemológicamente comprobado?
Vuelvo: todo el curso estuvo enraizado en hacer “la pregunta correcta”. Traducción: un ingeniero en informática, con experticia en apps, tecnología y vida digital, le estaba diciendo a un grupo de docentes, con saberes concretos en sus campos de conocimientos, que en sus clases deberían centrarse en enseñarle a estudiantes/adolescentes, con diversos niveles de formación y conocimientos sobre materias que corresponden a la escuela secundaria que lo importante de sus clases sería centrarse en “hacer la pregunta correcta”.
La ficción.
En la película Jurassic Park de Steven Spielberg los personajes suben a un auto automático (manejado por IA) para hacer un recorrido de muestra. El Doctor Malcolm (interpretado por el actor Jeff Goldblum) exclama: “Dios nos ayude, estamos en manos de informáticos”, ¿la idea es dejarle el mundo a cargo a las/os informáticos?
“La pregunta correcta” tiene sentido, remite a una pregunta que invite a que la IA formule la mejor respuesta que, en este sentido, entendemos como “la mejor pregunta posible”.
Una historia posible sobre la IA
La utilidad de “La pregunta (epistemológicamente) correcta” está formulada en la escena inicial de Blade Runner (1982: Ridley Scott), cuando el detective Deckart (Harrison Ford) interroga al replicante para comprobar que no es un humano. Esta falta de humanidad está en el centro de la novela original de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de 1968. En la novela y en la película, el detective Deckart se ocupa de detectar y eliminar a unos “replicantes”, robots con características humanoides que se infiltraron dentro de la sociedad, para ello debe aplicar el “test de Empatía Voigt-Kampff”.
Me sitúo un poco más cerca en el tiempo, para pensar la aparición de la IA en la cultura de masas. Yo, Robot (2004) de Alex Proyas. En la película el detective Del Spooner (Will Smith) está investigando el asesinato del Doctor Lanning (James Cromwell). Para descifrar este enigma el propio doctor (que sabía que iba a ser asesinado) deja un holograma que le exige a Spooner “hacer la pregunta correcta” una y otra vez, esa pregunta servirá para resolver la muerte y el problema del mundo en el que viven: una IA está centralizando el poder para dominar a la humanidad.
La película tuvo difusión masiva en el cine y se convirtió en un clásico de la televisión abierta, cuando la gente (sobre todo los adolescentes) veían televisión abierta, porque de paso y hablando de preguntas correctas, pregúntenle a las/os adolescentes si ven televisión, si ven series y películas (y si las ven, cómo las seleccionan).
Yo, robot plantea algunos asuntos de la obra general de Isaac Asimov, en todo caso, el tino se deriva “la pregunta correcta”. Así, una IA (V.I.K.I) reelabora argumentos críticos de Horkheimer y Adorno sobre la condición de “la razón instrumental” utilizada a lo largo de la historia, básicamente un razonamiento en el que lo importante está en la eficiencia de los medios para lograr el fin. No hay moralidad o ética intermedia si la razón final es la correcta. En este contexto, la IA actúa en consecuencia. En la película las personas le entregaron a V.I.K.I. la tarea de “cuidarlos” y la IA entiende que esto incluye (o debería incluir) las tareas existenciales. Entonces, toma una decisión existencial: Las personas no saben cuidarse entre ellas (hay delitos, corrupción, guerra), en conclusión, algo debe tomar el control y dominarlas por su propio resguardo. Ese algo es la propia IA.
Ahora bien, vuelvo a lo que dice la persona que dicta el curso auspiciado por una empresa que ha creado una IA, curso “promocionado” por un estado que cree que irle a la zaga a la tecnología mejorará la educación por medio de un milagro de conversión: las/os docentes ya no pertenecerán al siglo XX, serán ciudadanos del siglo XXI con preguntas correctas para hacerle a una IA y llevarlas al aula.
Me sumo: hagamos “la mejor pregunta posible”, pienso en la novela El juguete rabioso (1926), de Roberto Arlt. En esa obra, Silvio Astier, un adolescente argentino de principios del siglo XX busca estar incluido en la sociedad, una sociedad para la cual “ya perdió la oportunidad de estudiar”. En estudiar se incluye la idea de “progresar”, de “tener futuro”. Silvio debe abandonar sus sueños con ladrones literarios y famosos, sus inventos maravillosos que lo sacarán de “la mala”. Además, está cansado de estar rodeado de amigos marginales y jefes despreciables. Por tanto, Silvio reflexiona sobre su suerte y decide que ser un buen ciudadano es renunciar a algo para entrar en la sociedad. No sabe bien a qué debe renunciar, pero lo entiende. Y concluye que debe denunciar a un compinche que conoció en la calle, El Rengo, que planifica un robo en la casa de un ingeniero (alguien que estudió y pudo salir de “la mala”, alguien que tiene plata). Entonces le hago la pregunta indicada a una IA: ¿por qué Silvio Astier denuncia al rengo? La IA me ofrece una respuesta impecable, racional, con varios argumentos atendibles, aunque omite una serie de detalles significativos.
Y esos detalles son los que me parecen importantes cada vez que doy El Juguete rabioso en un curso de quinto año de escuelas secundarias, cada vez que decido meterme con ese libro. Peleo por dar una de las novelas más importantes de la literatura nacional, una novela que muestra las inmigraciones de principios del siglo XX, una obra que expone ideas sobre el mérito, el acomodo, el talento, el capital social, el capital cultural, la lucha diaria, la diferencia de clases, el miedo, el enojo, la falta de comunicación, las instituciones rotas, la relación con la ciudad, con el trabajo, el pícaro, incluso la relación con la historia de la novela picaresca. Y me planto/exijo/dispongo/discuto/propongo con las/os adolescentes a las/os que les dicto clases. Me dispongo a lidiar con algo que no puede encerrarse en una pregunta correcta, porque la respuesta (impecable) omite el lenguaje.
Cada vez que trabajamos sobre esa novela hago que las/os adolescentes se metan con el lenguaje: concretamente con el ripio del lenguaje en esa obra (y su valor como ripio). La pregunta correcta omite las circunstancias de la traición (no el momento sino la construcción del personaje con ese lenguaje), omite la lectura como lectura literaria, como posibilidad, como potencia. Omite que atravesar ese lenguaje lleno de escollos para vislumbrar “la aventura” que vive Silvio Astier es una construcción sumamente potenciadora. En una escena del libro, El Rengo le acaba de contar el plan para el robo a Silvio. Cito:
“Toda la tarde caminamos al azar, perdido el pensamiento, sobrecogidos por desiguales ideas. Recuerdo que entramos a una cancha de bochas.
“Allí bebimos, pero la vida giraba en torno nuestro como el paisaje en los ojos de un ebrio.
“Imágenes adormecidas hacía mucho tiempo, semejantes a nubes se levantaron en mi conciencia, el resplandor solar que hería las pupilas, un gran sueño se apoderaba de mis sentidos y a instantes hablaba precipitadamente sin ton ni son.
“El Rengo me escuchaba abstraído.
“De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.
“¿Y si lo delatara?”
Esta conciencia de Silvio, con sus ripios en el lenguaje y sus metáforas canyengues tienen sentido ahí, en el capítulo final de la novela. Roland Barthes diría que en eso que omite la IA se encuentra la literatura. Para saber si la pregunta correcta vale los argumentos impecables que ofrece una IA hay que construir un camino. Ese camino se hace de lenguaje/s, de comunicación. Se hace en un sendero en el que “las cosas no estén dadas” y hay que ver a qué llamamos que “las cosas no están dadas” en un mundo en el que no hay “cosas” sino “simulaciones de cosas”.
De hecho, para la psicolingüística, hay una brecha que condiciona el acceso directo a mejores niveles de educación, de trabajo y de proyectos de vida: “La brecha de los 30 millones de palabras”. Es largo para explicar, pero mientras el ambiente, la escolaridad, la vida, el capital cultural y social contenta más lenguaje, vocabulario, expresión, mayores serán las posibilidades concretas de “progresar”.
El dominio del lenguaje acrecienta las posibilidades de progreso. Desplegar el lenguaje, doblegarlo, asirlo, apropiárselo, potencia las habilidades cognitivas concretas. Es el “diccionario mental” el que nos brinda posibilidades de acceder a estudios “superiores”, a un desarrollo cognitivo superior, a encontrar el tan ansiado (denostado y estancado) progreso. El cerebro de un estudiante universitario contiene un “diccionario mental” acorde y hecho de lenguaje contiene un “diccionario mental” mayor al de un estudiante de primaria o secundaria y ese diccionario se va haciendo con el lenguaje que aprendemos. Así, tomamos al lenguaje como motor de progreso.
Sigo
El panóptico-pantalla que nos escucha, nos vigila, nos rastrea, nos sugiere y condiciona y las burbujas con sesgo de confirmación están presenten en muchas obras de muchos escritores. En esta clave uno puede leer clásicos como Un mundo feliz, de Aldous Huxley de 1932 o su contraparte 1984, de George Orwell (1948), pero también ciertas distopias latinoamericanas que vienen apareciendo en los últimos tiempos: Plop, de Rafael Pinedo (Argentina, 2002) y Miles de ojos, de Maximiliano Barrientos (2022, Bolivia). Digamos: una lectura conspiranoica que va desde un mundo determinado (el mundo en general) hasta un continente particular en el que la literatura tal vez anticipa su futuro distópico; pero no me interesa seguir por ahí, porque tengo una pregunta correcta que no es correcta.
Me explico: no hay una pregunta correcta para indagar, dentro de la ficción, qué obra o qué autor encarna mejor un futuro que ya está escrito. En este sentido la ficción de y sobre nuestro tiempo histórico está totalmente escrita, falta dilucidar qué autor/a y en qué libro está dicha. Yo esperaría que las respuestas estuvieran en Los desposeídos o en La mano izquierda en la oscuridad, de dos novelas luminosas, en el mejor sentido, de Ursula K. Le Guin.
Y no me quiero quedar con la Ciencia Ficción, con una idea un poco inocente de la especulación científica. Todo (casi todo/mucho) aprendizaje empieza como repetición, a veces entendiendo poco y nada, o algo, hasta que ocurre el vacío, la introspección, el conocimiento, una internalización, la razón, la anagnórisis. Para quienes manejan un campo de conocimiento amplio (profesionales en su campo de conocimiento) la IA puede ser un salto al vacío en el sentido positivo: una explotación de habilidades y una sumatoria de posibilidades que se suman a las ya exploradas, aunque también en el negativo (esa profesión estaría perdiendo su magia), pero no estamos hablando acá de adultos que manejan ciertos campos de conocimiento, estamos hablando de la propuesta “innovadora” para que las/os docentes lleven a sus aulas. Entonces, estamos diciendo que esa propuesta trata de proponerles a las/os estudiantes que se ahorren el escollo del lenguaje para posicionarse en la “pregunta correcta”.
El lenguaje
Lo peor, si es que hay “peor”, es que este razonamiento de “pregunta correcta” contrasta con los “ideólogos” de las IA. Leo atentamente los argumentos vertidos por Liang Wenfeng, “la mente detrás” de una de las IA más importantes del mundo.
“Nosotros planteamos la hipótesis de que la esencia de la inteligencia humana podría ser el lenguaje, que el pensamiento humano podría ser, esencialmente, un proceso lingüístico” (…) “Lo que usted considera el ‘pensamiento’ podría ser, de hecho, su cerebro tejiendo lenguaje”.
Pero, entonces “la pregunta correcta” va en contra del pensamiento como un proceso lingüístico. No del todo, pero sí con buena parte. Porque borra el escollo, el ripio, la pelea por dominar el lenguaje. Dominar el lenguaje y las dificultades que esto entraña. Dominar diferentes registros, grados, problemas concretos dentro de una oración, de un enunciado, de una trama, de una historia, hacen al proceso lingüístico. No digo que la experiencia de formular una “mejor pregunta posible” no tenga en cuenta estos procesos: seleccionar de entre muchas preguntas, una concreta que dé con la respuesta correcta. Indico que no alcanza porque vuelve el lenguaje sintético y concreto y se desentiende (saca atención) de la opacidad del lenguaje y ésa es la disputa por su dominación relativa.
La pregunta correcta
Volviendo a la ficción, me quedo con MANIAC, de Benjamín Labatut. Para empezar, la novela construye una historia posible sobre la historia de la IA. Lo hace delineando el comienzo de las “Ciencias computacionales” (durante la segunda guerra mundial) y llega hasta 2016. ¿Por qué ese año? Porque en 2016 una IA derrotó al campeón mundial de Go, el juego de mesa estratégico más complejo que existe (mucho más complicado que el ajedrez). Y esa derrota no tiene pregunta correcta. O la pregunta correcta debe hacérsela usted mismo. Y tenga cuidado con la respuesta. La que hice yo me dejó perplejo.
Publicada el 20 de diciembre de 2025
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