Nos acercamos a los 50 años del último golpe de Estado, y en un país gobernado por discursos negacionistas el ejercicio de la memoria y la reflexión sobre la historia reciente se vuelve imprescindible en las escuelas. ¿Qué más se puede narrar, desde la ficción, sobre la vida con el terrorismo de Estado de fondo?
¿Cómo hablar hoy de la última dictadura cívico-militar con las nuevas generaciones? ¿Cómo enseñar un pasado que se vuelve cada vez más lejano en términos temporales, pero más urgente en términos políticos? En un contexto donde los discursos negacionistas avanzan y la memoria vuelve a ser un territorio en disputa, la literatura aparece como un espacio insustituible, un modo de decir lo que la historia a veces se queda sin palabras, una forma de hacer visible lo que aún parece oculto.
La literatura argentina contemporánea ha regresado en los últimos años a los rastros del terror político y de la memoria, especialmente al cumplirse casi cincuenta años del golpe de Estado de 1976. En este marco, La tercera aberración (2025), de Flor Canosa, se inscribe en una tradición que interroga cómo representar la dictadura desde una sensibilidad marcada por la distancia generacional. La novela articula procedimientos del género fantástico con la alegoría política para explorar las huellas del horror y de la violencia estatal, proponiendo desde la ficción una pregunta sobre cómo narrar el trauma.
En este punto, el cruce entre literatura y educación adquiere especial relevancia. Un concepto central para pensar esta articulación es el de transmisión, entendido como la circulación intergeneracional del pasado, no como repetición mecánica, sino como construcción de sentido. En este marco, la novela se alinea con la idea de que “la transmisión lograda es la que logra reelaborar aquello que fue transmitido” (Hassoun, 1996). Esa reelaboración implica subjetivar lo recibido, ponerlo en diálogo con experiencias actuales y hacerlo significativo para el presente.
Desde la pedagogía de la memoria, se entiende que este campo retoma las preguntas centrales de la enseñanza —qué, cómo y para qué enseñar— y las articula con los desafíos propios de transmitir el horror de la dictadura, interrogando también qué, cómo y para qué construir memoria sobre ese pasado. La escuela, como espacio social de encuentro entre generaciones, juega un rol clave en esa tarea no solo transmite conocimientos, sino que puede abrir preguntas, incomodar, generar empatía. En palabras de Celeste Adamoli (2020), “el desafío para la pedagogía de la memoria en el formato escolar es trabajar para que estos acontecimientos tengan la capacidad de conmover, de emocionar y de producir empatía frente al dolor de los demás”.
El libro de Canosa dialoga con estas perspectivas porque se dirige a lectores interesados en la literatura argentina reciente, los estudios de la memoria y las formas del fantástico contemporáneo, e interpela también a quienes investigan las articulaciones entre literatura y política, al presentar el terror político como materia estética. Publicada por Fondo de Cultura Económica, La tercera aberración reúne cuarenta y tres capítulos breves organizados en torno a un eje común: lo monstruoso y lo corporal. Canosa ordena los textos en un movimiento de ingreso y egreso —el libro se abre con “Ingreso al cuerpo fresco” y se cierra con “Egreso del cuerpo fresco”— que funciona como marco simbólico y narrativo. Entre ambos extremos se despliega una serie de relatos que construyen un entramado de resonancias temáticas y tonales.
Los títulos de los capítulos —“La escena del crimen”, “El interior de las caras”, “La casa de al lado”, “La habitación secreta”— condensan la tensión entre lo cotidiano y lo inquietante y anticipan el clima de extrañeza que caracteriza al conjunto. Esta estructura fragmentaria, enlazada por motivos recurrentes (el cuerpo, la muerte, la identidad), potencia la lectura del libro como una unidad discontinua, una suma de visiones deformadas del mundo.
La novela combina esa fragmentación con una atmósfera densa y opresiva. La acción transcurre en un hotel administrado por una familia —Nuria, Víctor y sus hijos Diana, Minerva, Apolo y Afrodita— durante el Mundial de 1978. Tras la desaparición de Afrodita, el espacio doméstico se transforma en un escenario del horror. La casa-hotel, centro simbólico de la trama, se comporta como un organismo vivo que “se traga” habitaciones y secretos, metáfora del país bajo la dictadura.
El relato se sostiene en el extrañamiento y la vacilación perceptiva —rasgos esenciales del fantástico—: los personajes oyen ruidos, sienten presencias, pero no pueden verificar su origen. Esa ambigüedad genera lo siniestro que, como advierte Gasparini (2020), “es el revés de lo doméstico, lo que regresa para mostrar lo que no debe decirse”. En ese cruce entre lo cotidiano y lo monstruoso, Canosa construye una alegoría del Proceso de Reorganización Nacional: el encierro, la vigilancia y el silencio del hotel condensan las dinámicas del terror político.
Cada integrante de la familia encarna una forma de fractura: Apolo, que “habla con las plantas” y a quien “le faltan los dientes”; Diana, incapaz de reconocer rostros; Minerva, paralizada por el miedo; Afrodita, la ausente. Desde los cuerpos y la percepción, la novela inscribe la marca del despojo y del trauma. La desaparición de la hija menor desata una descomposición simbólica del hogar, donde lo íntimo se vuelve siniestro. La arquitectura del hotel se vuelve un cronotopo bajtiniano: espacio y tiempo se entrelazan para encarnar una memoria colectiva hecha de huecos, silencios y espectros.
El componente fantástico se articula directamente con la representación política. Los fantasmas que recorren el texto —¿reales o imaginados?— condensan la imposibilidad del duelo y la persistencia del trauma. En palabras de Campra (1991), el silencio es un “componente esencial que dibuja espacios de zozobra” allí ubica Canosa su escritura, en la zona ambigua entre percepción y memoria. Las figuras espectrales son presencia literaria y alegoría política, desaparecidos que vuelven para reclamar ser narrados.
En este punto, la literatura vuelve a encontrarse con la educación. Adamoli señala que “la pedagogía de la memoria busca acercar el pasado al presente de manera que sea posible formular nuevas preguntas” y advierte que “el vínculo intergeneracional no supone una transmisión repetitiva y memorística, sino la creación de espacios en que las nuevas generaciones puedan asumir libremente el pasado como parte de un legado colectivo recreado”. En este sentido, la literatura ocupa un lugar destacado como recurso sensible, abierto y múltiple para interrogar el pasado. Como advierte Pilar Calveiro, “la repetición puntual de un mismo relato, sin variación a lo largo de los años, entre otras cosas, ‘seca’ el relato y los oídos que lo escuchan” (2005, p. 11). Por eso, la literatura acontece como una mediación privilegiada para abrir preguntas, generar identificación y habilitar otras formas de decir.
La novela de Canosa despliega también múltiples referencias intertextuales que la anclan en un linaje literario y político. El gato Cronos remite a Poe; la pérdida de dientes y la casa monstruosa evocan La casa de Adela de Mariana Enríquez; y las alusiones a “La Perla” o a “los hombres del bigote” inscriben la historia argentina en la textura del relato. El fantástico no se distancia de la realidad la intensifica. Los límites entre lo imaginario y lo histórico se desdibujan para mostrar cómo el horror estatal se infiltra en la vida cotidiana.
La alegoría es el procedimiento central de la obra. Siguiendo a Conejo Olvera (2013), la ficción no refleja la realidad, sino que la reconstruye mediante un artificio estético que permite la crítica social. En La tercera aberración, ese artificio adopta la forma del hotel como cuerpo devorador, espacio que reproduce el mecanismo de la desaparición. Lo fantástico permite abordar lo indecible, representar lo que la historia oficial oculta. Las alusiones al Mundial 78, a los secuestros y a la teoría de los dos demonios se filtran en escenas simbólicas que denuncian el cinismo de la época: “todo lo que tiene el país es una expectativa por el mundial”, escribe la narradora, mientras el terror avanza en silencio.
La novela dialoga con otras obras de Canosa, como Lolas (2017), donde ya aparecían la introspección psicológica, el humor negro y el interés por la corporalidad. Sin embargo, La tercera aberración marca un punto de inflexión en su escritura abandona el registro intimista para adentrarse en una zona política donde lo fantástico funciona como dispositivo de memoria.
En relación con otras obras argentinas que abordan la dictadura desde el terror o el fantástico —como las de Mariana Enríquez o Luciano Lamberti — la novela se destaca por su sutileza simbólica. No hay escenas explícitas de tortura ni denuncias directas el horror se percibe en lo que no se dice, en los ecos, en los cuerpos que tiemblan y en las paredes que escuchan. Esa poética del silencio, presente también en los análisis sobre el teatro de Mariana Eva Pérez y en los estudios de Sandra Gasparini, reconfigura la relación entre lo individual y lo colectivo, entre la memoria personal y la memoria histórica.
El contexto de publicación refuerza su sentido político. En 2025, a casi medio siglo del golpe de estado, el debate sobre la transmisión de la memoria volvió a cobrar fuerza. La tercera aberración aparece como una respuesta literaria a la pregunta de cómo narrar la dictadura en un presente saturado de discursos negacionistas. Frente al testimonio o al documental, Canosa elige el camino del artificio y del extrañamiento en su novela, lo irreal es el modo más eficaz de decir lo real.
El principal aporte del libro reside en la confluencia entre alegoría y fantástico. Canosa no busca reproducir el pasado, sino transformarlo en materia estética. A través del hotel, del silencio y de los fantasmas, La tercera aberración reflexiona sobre la persistencia del trauma y la necesidad de seguir narrando. Como señala Elizabeth Jelin (2002), la memoria es siempre una práctica en disputa: incluye olvidos, huecos y fracturas. La novela encarna esa definición al presentar la desaparición no como un hecho cerrado, sino como un estado permanente.
Desde una perspectiva crítica, puede señalarse que la abundancia de símbolos puede dificultar la lectura para ciertos públicos, ya que la densidad alegórica a veces desplaza el desarrollo psicológico de los personajes. Sin embargo, esta elección responde al proyecto estético de Canosa, que prioriza la construcción de un universo inquietante antes que la empatía narrativa. El resultado es una obra de enorme potencia simbólica, capaz de dialogar con la tradición del fantástico argentino —de Quiroga a Cortázar y Enríquez— y de intervenir en los debates contemporáneos sobre la memoria y la representación del horror.
En síntesis, La tercera aberración es una de las novelas más relevantes de la narrativa argentina reciente. Su combinación de alegoría política y poética del silencio ofrece una lectura renovada del terrorismo de Estado, donde los fantasmas no son solo figuras del miedo, sino presencias que exigen ser escuchadas. A través del artificio fantástico, Canosa reactiva el potencial político de la literatura hacer visible lo borrado, devolver voz a lo ausente.
En un contexto donde la memoria corre riesgos, la obra propone una relectura ética y estética del pasado. Como afirma Rossana Nofal (2003), “toda memoria es una construcción de memoria”: Canosa asume esa tarea construyendo desde la ficción un espacio de duelo y resistencia. Su novela muestra que la memoria no se agota en el recuerdo, sino que se renueva en cada intento de narrarla. En esa persistencia radica su valor la literatura como lugar donde el pasado vuelve para seguir interrogando al presente.
En marzo de 2026, con la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado, esta lectura adquiere una resonancia particular. Ignacio Scerbo señala que la memoria, entendida como práctica colectiva de rememoración, encuentra en la literatura y en la crítica un modo de actualizar el pasado dictatorial ante nuevos destinatarios (2014: 26). Desde esa perspectiva, pensar cómo leer la literatura de la memoria con las nuevas generaciones —cómo acercarles el hecho histórico y construir metáforas del pasado en el presente— se vuelve una tarea central. En ese horizonte, la novela de Flor Canosa se vuelve un aporte significativo.
La escuela, como espacio de encuentro intergeneracional, puede transformar la lectura literaria en una práctica de transmisión crítica, donde el horror se aborda desde la sensibilidad, la alegoría y la reflexión. En un tiempo en que la memoria vuelve a convertirse en territorio de disputa, La tercera aberración se ofrece como una forma de resistencia: un relato que interpela, conmueve y recuerda que la tarea de narrar —y de enseñar— sigue siendo imprescindible. En esa labor de transmisión y relectura, la ficción aparece como una mediación privilegiada entre generaciones, un lugar donde lo fantástico, la memoria y la educación convergen para seguir pensando cómo el pasado continúa interrogando al presente.
Publicada el 22 de noviembre de 2025
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