La pregunta sobre cómo incluir las nuevas tecnologías en la escuela tiene diferentes dimensiones. Una de ellas es cómo internet se transformó de un ecosistema algo anárquico, horizontal y pirata a un entorno oligopolizado por un puñado de empresas monstruosas. ¿Qué potencias guardaba aquella internet del pasado para enseñar en la escuela hoy?
“La humanidad se encuentra en un despertar, en realidad una pesadilla que no consiste en darse cuenta de que la máquina es como nosotros, sino en sentir que nosotros somos la máquina…” (Benasayag & Pennisi, 2023)
Te extraño mucho, internet
Quienes somos usuarios históricos de internet atesoramos una nostalgia enorme por esa idea del internauta prosmuidor, activo, participativo. Ese internauta que podía pasarse horas y horas navegando por páginas llevando a cabo un ejercicio de investigación casi criptográfico. Las comunidades digitales eran realmente, en el esplendor de su palabra, comunidades: pequeños nichos secretos a los que podías acceder conociendo la URL específica donde te encontrabas con otros pares bajo un objetivo común: fanatismo por una serie, melómanos distribuyendo discos pirateados, cinéfilos recirculando películas, piezas culturales viajaban de computadora a computadora a una velocidad deprimente pero llena de fe. Todo era posibilidad, el mundo se nos abría de par en par y nadie jamás pensaría que un intruso intentaría destruir esa generosa armonía de coleccionistas, creadores y distribuidores. Primer pensamiento: cuántas habilidades fascinantes para trabajar en entornos escolares que poníamos en juego ahí. Pero era todo demasiado secreto, era la vida que sucedía entre cuatro paredes en un horario determinado, especialmente en un horario no escolar. Y nadie quería que el secreto sea del todo revelado: se trataba de nuestras preciadas vidas paralelas. Un dato no menor: no teníamos rostro en internet, como mucho alguna foto bastante engañosa con una webcam conectada por USB. 2 píxeles, tu cara iluminada por el velador del escritorio de la PC, de fondo un recuerdo familiar de un viaje a Mundo Marino decora la habitación y arruina tu perfo gótica. Aún así, sin rostro el trato era más humano. Por su puesto que había insultos y agresiones, por su puesto que sucedía todo aquello que el anonimato habilitaba, pero había una conciencia muy clara de que internet era internet y a nadie le importaba qué hicieras cuando apagaras esa computadora, a menos que hubiera un propósito real de juntarse para algo (alternas que se conocían por foros juntándose a ver El Otro Yo, era lógico, nadie le hablaba a las alternas en la escuela). Pero esto me parece fundamental: si decíamos que había algo más allá de la computadora tenía que ser por un propósito comunitario, juntémonos a hacer algo, juntémonos por este objetivo puntual que nos hermana. No había doxeo porque sencillamente a nadie le importaba saber si Maiden_Destroy_666 era lindo o feo, tenía hijos o trabajaba en una oficina. Esa información no era interesante y no era relevante a las prácticas que se ejercían en esas comunidades digitales.
La nostalgia como combustible
¿Por qué tanta nostalgia? ¿Por qué tanta idealización de un pasado que nos abandonó para siempre? Porque creo fervientemente que tenemos que revisarlo, que tenemos que pensar que prácticas valiosas había en esa internet “de antes” que todavía podría salvarnos de esta crisis digital que nos atormenta en las aulas.
Ahora estamos todos hablando de soberanía cognitiva, de algoritmos que nos tienen poseídos, de números estúpidos que condicionan de manera permanente nuestra valoración personal y van enclosetando cada vez más nuestras potencialidades creativas, la IA que se viene llevar todo puesto (o al menos esos creemos). Está muy bien, agradezco que estemos hablando de eso, al menos en algunas comunidades digitales si es que todavía podemos llamar de esa manera a las plataformas que se nos ofrecen actualmente para ejercer el intercambio. Y claro, cuando pensamos en todas estas amenazas es inevitable conmovernos, sentir pánico y dolor al ver los frescos cerebros jóvenes de nuestros alumnos, quienes no conocieron y jamás conocerán la internet de antes, quienes carecen de esa nostalgia crítica, para quienes internet es esto de ahora (un celular lleno de plataformas en las que scrollear por horas contenido que se te impone y no buscás). Hasta me atrevo a decir que internet ya está pasando a ser una palabra en desuso, o su uso suele estar más referido a si se tiene o no señal pero internet no es como se nombra al ecosistema digital. Para nosotros, los más viejos, internet era en esencia un espacio, un lugar localizado, una geografía inmaterial.
Ciudadanía digital (Pero una copada)
Estamos de acuerdo: la tecnología actual nos preocupa, la vemos ingresar a las aulas y producir fenómenos bastante angustiantes en nuestros estudiantes. No voy a detenerme en cuestiones de salud mental, primero porque no es mi campo, segundo porque creo que hay de sobra dicho sobre el tema y en ese sentido apelo a nuestro sentido común y las experiencias palpables que nos ha ido dejando el oficio.
Posiciones veo un montón, ahora estamos frente a la nueva revolución de aquellos que con orgullo proclaman que se erradicarán por completo las pantallas de sus aulas, se vuelve al papel, se vuelve al pizarrón, se vuelve a copiar, se vuelve a leer materiales que tienen textura y olor. Me gusta esa nostalgia, yo también soy nostálgica, pero pienso que podemos hacer algo un poco más interesante con esa nostalgia. La tecnofobia sólo nos irá dejando cada vez más en los márgenes de un fenómeno que es imparable. Ejercer un gesto performático en el que en mi aula todavía no se inventó el celular puede ser interesante, creo incluso necesario brindarle a nuestros estudiantes esas pausas de pantallas y estímulos y lo considero particularmente valioso en aquellos docentes que realmente poseen pocos conocimientos sobre tecnología, una autocrítica que viene de la mano de una respuesta concreta. Pero no es la solución en un sentido más amplio. Puede ser la solución para los 80 minutos semanales de Historia, puede que ese año los estudiantes hayan cursado la mejor materia de sus vidas gracias a ese profesor que decidió erradicar todo tipo de tecnología digital del aula, pero a mí me sigue dejando gusto a poco porque hoy lo que tenemos que reflexionar no es sólo sobre los aprendizajes disciplinares específicos si no qué tipo de ciudadanos estamos formando. Sí, una frase trilladísima que repetimos como loros desde que la escuela eran dos ladrillos y un mástil, sin embargo antes había mayores certezas sobre la noción de educar al pueblo, formar al ciudadano y construir valores comunes para edificar una gloriosa nación. ¡Ah! Qué nostalgia de tiempos no vividos las escuelas normales y el proyecto de Estado Nación.
Pero ahí me detengo: cuando no hay proyecto de Estado no hay proyecto de ciudadano. Hoy dudo mucho que estemos manejando un consenso tan claro como en aquel entonces sobre qué es un buen ciudadano, y ni hablar si además empezamos a pensar la ciudadanía digital. Ojo, esa palabra resonó en algunas capacitaciones y ofertas de cursos pero en realidad se piensa, en términos oficiales, la ciudadanía digital como una forma de comportarse de manera respetuosa en las redes sociales, no mucho más, seguro hasta estén en contra de la pirtaería y eso debe ser para la lectura oficial un buen ciudadano digital: alguien que no discute y sobre todas las cosas, muy importante, no descarga contenidos piratas. Un embole, porque además la piratería es profundamente educativa. Esa sed de investigación, de búsqueda, de método, de prueba y error hasta conseguir de forma gratuita esa pieza cultural que el capitalismo te quiere sustraer desde la mercantilización constante de toda oferta que circule de manera online.
A mi me preocupa pensar qué tipo de ciudadanos digitales estamos formando. No me interesa formar usuarios dóciles, a veces hay que pelearse por internet y con respecto a la piratería es hasta un deber moral ejercerla. No, por supuesto que no voy a enseñar a torrentear en mi clase (aunque me encantaría), aunque sí me preocupa bastante ver el desconocimiento que tienen la mayoría de los jóvenes sobre la cantidad de productos culturales que tienen a su disposición de manera gratuita sólo con explorar un poquito más. Parecería que todo lo que no esté alojado en una plataforma centralizada no existe o se da por perdido o inalcanzable. ¿Está en Netflix? No. Ah bueno no entonces dejá.
Tenemos que pelearnos más
Sí, nos encantaría tener en las aulas debates apasionantes con nuestros alumnos donde debatamos el nuevo tecnofeudalismo, la internet centralizada, la lógica algorítmica, la forma en que scrollear va moldeando nuestros gustos e identidades mediante contenidos que se nos imponen, la manera en la que nos sustrae una y otra vez uno de nuestros bienes más preciados (la atención). Nos encantaría debatir el sentido protésico de nuestros artefactos tecnológicos, podríamos seguir nombrando miles de aristas fascinantes sobre los que actualmente se está produciendo muchísima y muy variada literatura. Pero todavía falta un paso más: en dónde están ubicados los docentes en este debate.
Me preocupa la mirada infantilizada que hay sobre la crisis actual con respecto a los vínculos con las nuevas tecnologías: la víctima siempre es ese pobre pibe que nació con el celular de chupete, los imaginamos como pequeños Alex en La Naranja Mecánica sometidos a una indiscriminada cantidad de horas de pantallas, víctimas de una lobotomía progresiva e irreversible. Bueno, primer ejercicio: matar esa escena.
Segundo ejercicio: Pensar dónde están parados los adultos, cuán por fuera están realmente de estas problemáticas y cuánta reflexión se está produciendo sobre este tema.
En un intercambio en Twitter un colega me marcó algo muy atinado: ¿Qué sentido tendría incluir estos debates en los diseños curriculares de formación docente si enseguida caducarán? El eterno karma de la materia TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). A priori creo que hay producciones filosóficas y literatura de ciencia ficción muy interesante y bastante durable en el tiempo como para ser incluida en esa materia, TIC debería ser desde mi punto de vista una materia más filosófica que práctica, pero de alguna manera siempre quedó atada a la idea de ser una materia práctica donde te ofrecen un paquete de recursos tecnológicos muy piolas para el aula (spoiler alert: en uno o dos años no existen más o quedan en desuso) . De todos modos acá quiero ser justa y desconozco en la actualidad cómo es el dictado de esta materia. Si bien creo que hay algo valioso que se puede hacer desde la intención curricular en formación docente con respecto a este espacio, también pienso que no es del todo desacertado esto que planteaba este querido colega sobre el problema de estar corriendo siempre detrás de la zanahoria.
Internet se nos presenta ahistórica, omnipresente, el viejo y conocido riesgo de caer en una concepción neutral de la tecnología. Quizás ahí ya tenemos una punta de acercamiento: reforzar lo obvio: la tecnología no es neutral. ¿Cómo? Trazando su historia, e internet tiene una historia que vale la pena ser construída, contada y debatida. ¿Por qué no pensar esto como un contenido curricular?
El otro día en un post de instagram (sí, nada es tan absoluto, todavía creo que hay posibilidades de agenciamiento dentro de la internet centralizada siempre y cuando tengamos absoluta claridad de las reglas del juego) encontré una idea que me pareció muy potente: la internet de antes como un espacio horizontal de intercambio, donde no importaba cuán famoso era o cuántos seguidores tenía el usuario, el valor radicaba en compartir, en intercambiar, en dar y recibir. Por otro lado: la internet de ahora como una internet vertical, donde la fama y la cantidad de seguidores que se dispongan resultan un dispositivo fundamental para hacer llegar el mensaje. Por supuesto que estas estructuras a su vez alteran el formato de los mensajes, las ideas que circulan y las intenciones de los usuarios cada vez que envían algo a ese espacio digital asfixiante. Podríamos debatir si es tan extremo, creo que siempre hay grises y que tampoco se trata de romantizar la internet de antes como el espacio democrático por excelencia, creo que nadie es tan inocente para verlo de esa manera, pero sí tratar de detectar sus características principales, no tanto en términos técnicos si no en lo referido a las prácticas de uso, que son las que efectivamente terminan de moldear cualquier tipo de artefacto. Toda tecnología es un producto social que sus usuarios van moldeando constantemente, muchas veces torciendo las intenciones iniciales con las que fue pensada. Esto podría ser una idea fuerza para dejar de concebirnos desde un lugar tan pasivo y aprisionado con respecto a las nuevas tecnologías.
¿Qué podemos hacer?
No sé, hace tiempo que vengo parada en el terreno de las no respuestas, pero creo que hay algunas ideas que se vienen esbozando hace rato y es la importancia de recuperar las comunidades de intercambio y debate. Hay que poner a los docentes a discutir y reflexionar críticamente sobre las tecnologías, es imposible esperar una respuesta crítica por parte de nuestros estudiantes si luego armamos una secuencia didáctica donde el producto final es un Ping Pong de preguntas y respuestas sobre Geografía para subir a Tik Tok. No digo que no lo hagan, puede ser muy divertido para los estudiantes y seguro se enganchen un montón, pero eso no es abordar críticamente la tecnología. Me parece un buen salvavidas frente a la apatía, pero tenemos que ir un poco más allá.
No podemos seguir pensando con horror en la vida de nuestros estudiantes completamente digitalizados si no hacemos primero una revisión crítica hacia adentro: ¿Qué saben los docentes sobre las nuevas tecnologías digitales y sus problemas? ¿Cuán empapados están del tema? ¿Cuánto de lo que circula como crítica son más bien refritos de frases del sentido común o cosas dichas hasta el hartazgo? “Tienen ansiedad porque usan mucho el celular”. Perfecto, puede ser, pero deberíamos ir un poco más allá, deberíamos estar cuestionando las estructuras centrales de todo esto, deberíamos estar cuestionando el entramado capitalista que sustenta el ecosistema digital actual, deberíamos estar cuestionando las relaciones de dominación pasiva a las que se nos somete, deberíamos estar cuestionando la colonialidad del saber que produce la IA. Y sí, quizás sea un montón, pero si vamos a estar durante una Jornada Institucional entera tomando mate y revisando un pdf que ya revisamos cien veces, preguntando cuándo nos vamos y averiguando si sobrevivió alguna medialuna después del voraz y famélico ataque docente, quizás podamos mejor rompernos un poco la cabeza y discutir estos temas. Especialmente porque hay algo tremendamente potente en las escuelas: interdisciplinariedad. Estos debates adquieren riqueza desde lo interdisciplinar. Una mirada desde el Arte, desde las Ciencias Sociales, desde la Biología, desde las Matemáticas, desde la sensibilidad musical, desde las prácticas del lenguaje. ¡Miren si no hay potencia! Hay una potencia enorme. Nos tenemos que juntar, tenemos que producir material o buscar material, tenemos que discutir.
Estamos en un momento donde creemos que tenemos conciencia de esta crisis pero creo que no la tenemos del todo, hay que salir de los discursos trillados, hay que ir más a fondo y una vez que toquemos fondo, nos angustiemos y todo nos parezca fatal y terrible, pensar qué gestos de resistencia podemos recuperar de la vieja internet, que podemos hacer con la tecnología en el aula, qué críticas queremos producir con nuestros estudiantes, qué mirada podemos acercarle que vaya un poco más allá de decirles que el celular genera ansiedad y adicción a la dopamina.
Se trata de poder introducir una reflexión crítica sobre las dinámicas de poder que introducen las nuevas tecnologías en las aulas. Se trata de poder producir una ética anticolonialista que permita discutir las maneras en que se construye e introduce el conocimiento en nuestras aulas.
Debemos pensar formas de introducir las tecnologías sin olvidar ciertos irrenunciables: el gesto humano, la singularidad de lo vivo, la capacidad colectiva de construir historia. Hay un desafío central que es recuperar el sentido de humanidad, el cuidado del otro. En una realidad donde nos vemos cada día más atomizados, las aulas parecerían ser uno de los pocos escenarios que resisten a esa lógica, lugares donde todavía debemos encontrarnos de forma forzosa con otros rostros, rostros con los que no tenemos buenas métricas, no hay match, no te sigo en Instagram, no te dí like y es insoportable pero igual te tengo delante mío. Perfecto, es ahí justo donde tenemos que estar. Nuestras aulas, nuestras queridas trincheras donde se siguen colando todos los días pequeños elementos de resistencia; sostengamos la utopía, creo que todavía podemos hacer algo.
Publicada el 3 de enero de 2026
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