Las búsquedas usuales de una "esencia" de la escuela -que o ya no se cumple o se ha desvirtuado- suelen partir de concepciones ahistóricas. Y desde ahí, por ejemplo, se propone su final: el homeschooling del proyecto de educación mileísta. ¿Por qué siguen sobreviviendo los sistemas educativos?
Una de las críticas que se le hace a los sistemas educativos, y a partir de la cual se plantean reformas -de mínima- estrafalarias como el proyecto de Ley de Libertad Educativa, es que “la escuela ya no cumple su función esencial”. Hay autores que plantean esto desde una mirada etimológica, buscando la raíz lingüística de la palabra “escuela”; hay otros que se van hasta las primeras propuestas de una educación más o menos graduada por edad para buscar esa “esencia”. Me ocupé de ambas posturas en un modestísimo artículo dentro del libro Corrientes educativas en la historia argentina. Tendencias, interpretaciones y debates, que coordinaron Adriana Puiggrós y Darío Pulfer y publicó la Universidad Pedagógica Nacional (disponible aquí, en el segundo tomo). Sintéticamente, para mí ambas posturas -que parten de la “desnaturalización” de esa esencia durante los últimos, digamos, ¿50 años?- parten de un error bastante elemental: buscan esa piedra filosofal en lugares donde la escuela, tal como la conocemos -como tecnología insignia del Estado moderno emergente durante el siglo XIX-, no existía. Sí existían, desde ya, formas de transmitir conocimiento entre generaciones, más o menos sistemáticas e institucionalizadas, desde que la humanidad inventó el lenguaje, en todas las sociedades. Pero la escuela, esta escuela, es la del Estado moderno (y su apogeo y crisis, si queremos, pero la del Estado moderno: no la de la Academia de Atenas ni las ideas avanzadas de Comenio).
Pero volviendo a las ideaciones de la intelligentzia pedagógica mileísta -que, oh sorpresa, anda pululando desde los 80: 40 años de casta, pero acá intento centrarme en las ideas y no las personas-, decíamos, plantea que la escuela ya no cumple su función esencial “a la Comenio”: “enseñar todo a todos”. Entonces, por algún eslabón perdido en la argumentación, nos encontramos con propuestas como el homeschooling. Por si hiciera falta decirlo: no es un problema ni una demanda en este país, además de que ya existe pues hay comunidades que, ilegalmente claro, desescolarizan a sus hijos para criarlos “con sus valores”. En algunas escuelas públicas cada tanto vienen en malón a pedir dar materias libres -y asesoramiento previo, como si uno trabajara gratis. También hay escuelas de élite -por así decirle al sector de la población ultrarrico cada vez más bruto que es el que más festeja con Milei-, pequeñas, que sin necesidad de que papá que “trabaja de viajar” o que mamá que se asolea en el country o que la “chica que ayuda en casa” sean también maestros. En los mismos barrios cerrados ya hay escuelas privadísimas, legales, adonde ningún Estado se va a ir a meter demasiado a ver si están siguiendo el Diseño Curricular, garantizando la ley 26061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, o respetando los -todavía cantamos- derechos laborales de los docentes (risas histéricas). Escuelas que cumplen a rajatabla con el objetivo de fondo del homeschooling: una institución a imagen y semejanza de las familias, on demand, sin apartarse un milímetro de sus valores morales o de los semejantes parecidísimos. No sea cosa que el nene conozca que una nena de su edad tiene papás y mamás que laburan en serio o que -el Mercado nos libre y guarde- se toman el transporte público.
Pero retomo el hilo de aquella argumentación.
La escuela está en crisis porque viene fallando su afán adoctrinador, digamos, o sea el intento de transmitir valores válidos -valga la redundancia- para el mundo de hoy (el “todo a todos”). En este punto conviene dejar cerrada la puerta de qué serían los valores válidos para el mundo de hoy, porque llevaría estos renglones a una (otra más) digresión centrada en el abismo de la crisis moral, política, tecnológica, económica, ambiental, social, humana en fin, del que sí, somos protagonistas. Entonces, si la escuela no pueden enseñar “lo básico” (según las evaluaciones estandarizadas, pero también según la contundente evidencia de lo que los docentes vemos cotidianamente que, no está de más repetir se condice en términos generales con las evaluaciones estandarizadas, que no hablan de colapso ni catástrofe sino de estancamiento, estancamiento que, es cierto, queda exponencialmente desfasado con la aceleración de otras formas de producción, circulación y consumo cultural, dimensión poco abordada en el debate público): leer, escribir, realizar operaciones matemáticas, sembrar algunas semillas de cultura general, entonces saquemos a la escuela del medio, tan cara, tan obsoleta, tan llena de -acá sí, sin ironías- burocracias que son un peso muerto de alienación contra la creatividad y el amor a la tarea de enseñar y aprender, y surfeemos el espíritu de los tiempos de que “no hay alternativa”, como dijo Margaret Thatcher (y refutó Mark Fisher), y démosle la educación a las familias ya que, como también dijo Margaret Thatcher (mucho mejor intelectual política del neoliberalismo que todos los aceleracionistas extraviadísimos de estos años, que se aman en su mesiánico ensimismamiento), “no existe tal cosa como ´la sociedad’, sino hombres, mujeres y familias”. Buena intelectual, es cierto, pero como la palmaria mayoría de los neoliberales, o ignorante o ilusionista para esconder el peso de la historia: la tradición de todas las generaciones muertas que oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos. El pasado que se nos aparece todo el tiempo, como un espectro de carne y hueso.
Y no entender del todo la historia de los sistemas educativos modernos -y la de la escuela, como la conocemos hoy, como su terminal- es pasar por alto algunas evidencias sólidas como el acero sobre la capacidad de “adoctrinar” y distribuir cultura de la escuela: durante la primera mitad del siglo XX, tal vez su momento más monolítico, la escuela occidental (capitalista, por si hiciera falta) -y mucho más allá también- era autoritarismo puro y duro, homogeneidad, norma rígida e inflexible. Y aún así, la historia: el socialismo avanzaba implacable, sembrando comunidades, luchas, horizontes, utopías, revoluciones, los temores de las elites conservadoras que le tenían más miedo al color rojo que a intentar la quimera de usar a Hitler o Mussolini como títeres (que ya sabemos cómo terminaron: un tiro en el búnker cuando ya se escribían graffittis en cirílico en el Reichstag, o en involuntarias contorsiones en una estación de servicio de Milán. Lo que les pasó a los sujetos es pintoresco pero es lo de menos: lo que dejaron es un continente -y a sus pueblos- devastados por un buen rato).
El punto es: la escuela, sin fisuras, bloqueando cualquier ingreso de ideas “extrañas” al orden establecido, no pudo frenar el fantasma que recorría Europa. ¿Por qué? Porque si bien distribuir determinada cultura, y valores morales asociados, era su objetivo explícito, nunca fue infalible ni mucho menos, porque las sociedades humanas tienen otros espacios en los que circulan otros discursos y prácticas más allá de la escuela. Porque la clase obrera europea -y también campesina en Asia, África y América Latina-, y los ecos de esas experiencias en los círculos intelectuales de esos continentes tenía cosas mucho más potentes para decir, y formas mucho más astutas para hacerlas circular, que le pasaron por encima a la escuela. Porque, como escribió Libertad Demitrópulos: “¡Tantas cosas se pueden hacer habiendo leña! ¡Tanto cambia un cuarto si está caliente! Distinto se mira la vida si hierve una olla en el fuego.” La metáfora de la heladera llena o vacía, pero con la Belleza como estandarte y praxis. Así es. La satisfacción de una olla hirviendo en el fuego, o la desesperación por la olla fría y vacía, es ferozmente más eficaz que una década y media de educación obligatoria. Eso no vieron las elites que le dieron forma a esta escuela en el siglo XIX, eso no ven tanto los progresismos o las izquierdas que aún esperan “emancipación” de la escuela a la antigua -o sea sólo a través de disidencias curriculares, en el mejor de los casos-, eso no ve la (todavía más) rancia casta pedagógica que le susurra al oído al Rey de los Perros Muertos.
Ahora sí, entonces: ¿Por qué entonces sobrevivió, y sobrevive, la escuela, si no es realmente la que marca rígidamente los temas y las habilidades (¿Aprendió Lenin en la escuela zarista a analizar el capitalismo y a organizar durante décadas al campesinado y al proletariado de un país atrasadísimo como Rusia para hacer la revolución que cambió la historia? ¿Alguien puede afirmar semejante animalada?), cómo seguimos acá?
Son las tareas de cuidado, y las rutinas de lo social.
Por eso la docencia sigue siendo una profesión, en todo el planeta, abrumadoramente femenina. No es por diferencias salariales: hace un rato largo que, justamente, en la docencia no hay techo de cristal salarial por género. Porque las tareas de cuidado están asociadas, ya lo sabemos, con las mujeres. Y la creación del Estado moderno capitalista -y luego socialista, y demás variaciones, también- vino de la mano con un sistema de cuidados estatal, territorialmente omipresente, gratuito, que permitiera ahí sí el crecimiento exponencial de la productividad y de la fuerza de trabajo. Un espacio donde se cuidara a los niños de las enfermedades, de los riesgos de los barrios bajos, de los suburbios llovidos por el humo y las aguas residuales de las fábricas a todo trapo, pero también del potencial hartazgo definitivo y final de sus madres hiperexplotadas en sus casas pero también en campos y fábricas. Para que esos niños, en fin, pudieran crecer y siguieran siendo obreros (es probable que también esté poco analizada la correlación entre el aumento de la expectativa de vida -y por lo tanto productiva y más asociada, claro, a los avances en la medicina- y la expansión de los sistemas educativos, procesos sincrónicos).
Las familias no quieren, no saben, no pueden tener a los chicos todo el día en la casa ¡enseñándoles Matemática, encima!, porque hoy la pobreza se extiende como un manto asfixiante -más allá de los números del INDEC que deben poner colorado al mismísimo Guillermo Moreno- y todos tienen que salir a aportar algo para pagar el enésimo crédito pedido a MercadoPago o a algún prestamista menos virtual y más inclinado por métodos clásicos a la hora de gestionar las cobranzas.
El peso de cuidar a las nuevas generaciones que, digamos, no están listas para valerse por sí mismas en el mundo (lo que nos remonta a la “invención” de la infancia como momento especial de la vida, no hace tantos siglos), en el mundo contemporáneo, necesita estar distribuido entre otros agentes más allá de las familias, que necesitan poner la olla en el fuego. La escuela, sí, es una guardería, siempre lo fue, y ésa es su verdadera razón de ser de fondo. En todo caso, como docentes, o interesados en la educación, debemos engrosar esas horas, meses, años que se pasan ahí adentro con propuestas que enriquezcan esos mundos culturales que recién se están formando, para ser más que una guardería. Pero negar que la escuela es, ante todo y en primer término, un espacio de cuidado -y luego todo lo demás- es negar la misma razón de su supervivencia. Al debate educativo le falta (metodológicamente) marxismo, tanto por izquierda como por derecha.
Hay otra razón, en rigor, para esa supervivencia, a la que por mucho tiempo se la denominó “currículum oculto”, y sí está más en crisis que la idea de cuidar: la de esculpir los ritmos y las rutinas sociales, la idea de disciplina -en el peor sentido al principio de los sistemas educativos, en el mejor sentido, y por eso su crisis, hoy-, de horarios de ingreso, trabajo y descanso, de convivir con otros si ceder todo el tiempo a las pulsiones tanáticas (pero también eróticas) de cómo nos caen, de espacio diferenciado con reglas propias. Este control de las mentes y los cuerpos que se va formando con la escuela es también algo absolutamente necesario para las familias: que aquellas que aún apuestan a que sus hijos vivan vidas relativamente ordenadas al menos en términos horarios cuenten con una institución que responde a esos mismos horarios, por ejemplo. Orden que, a pesar de la progresiva desaparición de las sociedades salariales, sigue (y seguirá) siendo valorado en el mercado laboral.
Por no mencionar, finalmente, todo lo que tenemos naturalizado en términos de conocimiento y aprendimos, o consolidamos, en la escuela por primera vez, y que sin que recordemos cómo sabemos tal cosa, llegó a nuestras mentes a través de una maestra y un diseño curricular. Un poco contradiciendo la idea principal de esta nota, tal vez la escuela es tan culturalmente eficaz que no vemos su potencia, su peso cotidiano a la hora de comunicarnos entre nosotros, y pensamos que todo lo que somos lo aprendimos fuera de ella. Como pasó durante la pandemia: pensábamos en esa crisis hasta que se cerraron las escuelas y las familias colapsaron. Bueno, seis años después parece que estamos en el mismo lugar en ese sentido: del “abran las escuelas” como demanda real, al homeschooling como respuesta de política pública de parte de muchos que capitalizaron políticamente esa demanda, en un lustro. Las demandas reales, mientras tanto, son otras: ¿Qué pasa con los problemas de infraestructura, con los baños destruidos, la ausencia de calefacción en invierno y refrigeración en verano? ¿Qué condiciones se ofrecen para que las nuevas tecnologías puedan incorporarse significativamente al aula cuando amerita y bloquearse cuando es necesario trabajar con otros soportes? ¿Qué condiciones ofrecen los gobiernos educativos para que la escuela pueda gestionar mejor las situaciones disruptivas, la violencia, la catástrofe social, para garantizar el derecho a la educación de esos niños pero también de quienes afortunadamente no están en riesgo educativo? ¿Cómo se puede tener la cara tan dura para desfinanciar al sistema educativo bajo el argumento de que los resultados de aprendizaje dan mal? ¿Qué espacios se proponen, desde los gobiernos educativos, para que la creatividad docente “fuera del currículum” pueda tener un lugar y transformarse en propuestas significativas? ¿Cómo se podrá formar mejor a los docentes, cómo se podrá mejorar el problema del ausentismo? ¿Cómo pueden ingresar los capitales privados, para realizar un aporte real al sistema educativo, en un diálogo más claro y virtuoso entre la educación y el trabajo, sin transformarlo en un mercado de baratijas? Homeschooling y privatización, responde el mileísmo pedagógico. Insólito.
La verdadera crisis, está claro, pasa por otro lado.
Despejado que las sociedades complejas en las que vivimos puedan sobrevivir sin sistemas educativos, el único, verdadero y primer gran desafío real a la escuela no es una nueva tecnología informática, ni la IA ni el stream ni las fake news imparables, o que “todo el conocimiento está en internet y se puede aprender cualquier cosa”: es la baja de la tasa de la natalidad. Ahí sí hay que pensar -imaginar- bastante más allá de reordenar la oferta (¿Más maestras por grado o cierre de grados?), porque otra vez la escuela no puede sola, y menos frente a semejante desafío humano. Hay que crear pulsión vital, con narrativas, con encuentros, con horizontes, con propuestas eróticas en el sentido más amplio, que nos conecten con nosotros mismos como homo sapiens y con los de nuestra misma especie. La escuela tiene mucho que hacer ahí, y algo de eso empecé a esbozar el año pasado en la serie “Apuntes para pensar las escuelas del futuro” que dejé inconcluso y siempre me prometo retomar. Pero la escuela sola no puede.
La crisis de la escuela no es la crisis de una tecnología, es la crisis de la humanidad consigo misma. Por eso la salida tiene que ser humanista: volver a conectarnos con eso que nos diferencia de las máquinas. ¿Qué nos podemos imaginar para un mundo así? Hagamos el intento.
Publicada el 17 de enero de 2026
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