La caída de la tasa de la natalidad abre nuevos horizontes para toda la dinámica social. ¿Cómo vamos a intervenir desde el sistema educativo? ¿Qué transformaciones podríamos elucubrar? ¿Qué preguntas tendríamos que hacer, y comenzar a responder?
Este post es también producto de conversaciones con Maru Bielli y su equipo y con Javier Conde, entre tantos otros intercambios que injustamente olvido.
Como un haz de luz que repentinamente ilumina una figura en la habitación invisible, pero sin embargo presente, la agenda de género del siglo XXI es un quiebre en la historia de la humanidad que difícilmente tenga vuelta atrás. Tras siglos -milenios- en que la mitad del mundo tenía en la reproducción y sus tareas de cuidado asociadas su realización y destino, la agenda de género -no nueva en sus reivindicaciones, sí en su masividad, popularidad y centralidad- plantó la pregunta en las mentes y los cuerpos de las mujeres: ¿Y si ser madre no tiene por qué ser mi destino inevitable? ¿Y si mis deseos juegan en la elección de ese destino?
En Argentina esa pregunta se manifiesta en una caída abrupta de las tasas de natalidad y fecundidad. Quienes argumentan que es simplemente la llegada de nuestra sociedad al llamado “Modelo de Transición Demográfica” que atravesaron en durante el siglo XX muchos países desarrollados, no se detienen ante la verticalidad de la caída, por un lado, ni en que son las mujeres pobres quienes han clavado el freno más que las de clases medias y altas. Estas pequeñas diferencias no son para negar que ahora Argentina haya entrado -a lo bruto- a aquel club al que van entrando en masa, al mismo tiempo, la gran mayoría de los países de todo el mundo, sino que este fenómeno es ligeramente nuevo.
Dicho esto, la caída de la tasa de la natalidad abre muchos interrogantes éticos, filosóficos, económicos… políticos. Que es lo que acá me importa, retomando este post y este otro post ¡de hace más de un año y medio!, pero también éste más reciente sobre la esencia misma de los sistemas educativos.
Lo cierto es que había arrancado aquellos “Apuntes” como un intento de salirme un poco de la discusión educativa más urgente -y necesaria- para ir hacia la configuración de una ¿nueva utopía? Si bien está mencionada, la baja de la natalidad no era un tema central en esos primeros dos textos. Acelerados los tiempos, hoy creo que debe ser concebida como el principal tema social a partir del cual debe pensarse todo el resto de las propuestas políticas. ¿Régimen penal juvenil? Atravesado por la baja de la natalidad. ¿Reforma laboral futura para desmontar la reforma esclavista de Milei? Atravesada por la baja de la natalidad. ¿Incentivos a los emprendimientos agroecológicos y la energía sustentable? Atravesados por la baja de la natalidad. ¿Tratados de comercio con eje en exportación de hidrocarburos y minería? Tasa de natalidad. Y así: la caída de la natalidad abre un horizonte completamente nuevo, y junto con las dramáticas transformaciones de los últimos 50 años no hay mejor escenario para pensar nuevas utopías, aunque este presente de doomscrolling nos tenga tirados como el opio: a mediados del siglo XIX, mientras los puertos chinos estaban regados de fisuras reventados, Marx y Engels escribían el Manifiesto Comunista. 150 años después, China es un país comunista al filo de ser la primera potencia mundial. La Historia y sus cositas.
La caída de la natalidad y la capacidad de penetración de las tecnologías digitales en nuestras vidas, al límite, son terreno fértil para esas utopías. Pues bien, ¿Qué imaginamos? ¿Cuál sería, allí, nuestra utopía pedagógica? A eso intento ir, así que retomo el hilo.
La Historia, como disciplina, no sirve para “no volver a cometer los mismos errores” (la derecha argentina es un ejemplo empírico contundente), sino para tratar de entender cómo se configuró nuestro presente. Pero, también, para revisitar procesos, ideas, momentos, y preguntarnos si eso sería útil hoy. Así planteé, en la primera entrega, la pregunta: ¿Cómo sería una escuela palacio para el siglo XXI? Me la vuelvo a repetir porque creo que hay fuerza allí, en lo espacial como organizador de otras lógicas.
La Historia no se repite, pero deja ecos. Uno de ellos, para pensar la natalidad, las reivindicaciones de género y los problemas de la alienación, son las ideas de Alexandra Kollontái, revolucionaria y luego diplomática de la revolución bolchevique y la URSS. Sus ideas, así como las de tantas otras mujeres de principios de siglo XX sirvieron de base teórica para la imparable agenda de género de los últimos lustros, también lo fueron para pensar las políticas de bienestar social del tercer cuarto de siglo XX, que extrañamos tanto. No podemos pensar políticas de género, infancia y familia sin haber leído algo de ellas: las dirigencias políticas del futuro no pueden vivir a TikTok y Eduardo Galeano. Hay que volver a leer, estudiar y discutir.
Pero voy al punto.
La caída de la natalidad plantea, como ya sabemos, muchas aristas. Una de ellas es el problema político: ¿Quién va a aportar, en tanto población económicamente activa, para el sostenimiento de políticas específicas para niños y -sobre todo- ancianos? Ahí está uno de los grandes problemas. Habría que pensar, en ese sentido, políticas tendientes a promover el deseo de reproducción, que ya no se sostiene más en un mandato invisibilizado. Esto no se hace sólo con políticas: se hace a través de una maquinaria cultural y simbólica que está muy por fuera del alcance de un gobierno. Es necesario subrayar esto: las recetas de estas elites fascistas de mandar a parir a las mujeres “como antes” no tienen ningún destino. Pueden derogar el aborto, incluso, eventualmente, pero el mandato quedó desnudo y nadie se rendirá más ante él.
Decía, entonces, que fomentar el deseo de la reproducción está fuera del alcance de la política, pero un gobierno podría hacer algunas cosas: despejar el peso de muchas tareas de crianza es una. Y ahí entran las escuelas.
En el ámbito educativo, la caída de la natalidad tiene, creo, dos variables macro: la “oportunidad” pedagógica -nuevas formas de enseñar y aprender, nuevo curriculum, nuevos agrupamientos, nuevos formatos escolares- y la administración de la capacidad instalada ociosa: recursos humanos y edificios. Sobre la “oportunidad” no voy a escribir hoy, sino que me voy a dedicar a lo segundo.
La capacidad ociosa
Imaginamos un escenario en el que, de acá a 5 años, la baja sensible de matriculación habrá llegado al nivel secundario. No hará falta, en términos generales -sí focalizados- construir escuelas nuevas, pero sí reacondicionar las que hay. En ese sentido, si pensamos en “destrabar” las cargas de la crianza, los edificios escolares contarán con más espacios libres que hoy. ¿Qué hacer allí, además de pensar nuevas propuestas para los niños, niñas y adolescentes que complementen el curriculum obligatorio? Ahí entra Alexandra Kollontái.
En su texto “El comunismo y la familia”, de 1921, plantea:
“En la Rusia Soviética, la vida de la mujer trabajadora debe estar rodeada de las mismas comodidades, la misma limpieza, la misma higiene, la misma belleza, que hasta ahora constituía el ambiente de las mujeres pertenecientes a las clases adineradas. En una Sociedad Comunista la mujer trabajadora no tendrá que pasar sus escasas horas de descanso en la cocina, porque en la Sociedad Comunista existirán restaurantes públicos y cocinas centrales en los que podrá ir a comer todo el mundo.” (al respeto se puede indagar acerca de las “fábricas-cocina” en la Unión Soviética)
Hace unos días circuló una carta a lectores de El País, de España, donde una madrileña reflexionaba en torno a lo que llamó el “síndrome del tupper”: el recipiente de plástico como símbolo de la alienación capitalista, un paso más en la línea rutina del trabajador hiperexplotado que, luego de romperse el alma durante mil horas en el trabajo, tiene que pensar en su casa qué va a meter en el tupper para comer, en ese mismo trabajo, al día siguiente. Rituales.
La cocina es una de las tareas domésticas que, a diferencia por ejemplo del lavado de ropa que fue reemplazado por una máquina que -esta vez sí- nos ha ahorrado muchísimo trabajo -el lavarropas ha emancipado más tiempo para las mujeres del que se admite-, sigue teniendo un peso descomunal en el tiempo físico y mental cotidiano. Es además una de las principales cargas de las tareas de crianza, a lo que se suma la delicadeza de su diseño: estamos, además de todo, malnutridos. Entonces acá entra la pregunta, retomando a Kollontái, respecto de la capacidad ociosa edilicia de las escuelas: ¿Y si pensamos una red de comedores comunitarios para todo público, a precios accesibles, de nutrición balanceada, cuya comida también pueda llevarse a casa, para las y los trabajadores y sus familias? ¿Cuántas y cuántos jóvenes de sectores populares pudieron transitar sus carreras universitarias gracias, también, a los comedores estudiantiles? ¿Por qué hemos olvidado el valor axial que tiene el momento de la comida en nuestro trabajo? ¿Cómo transformaría nuestras vidas que tuviéramos un buen comedor, barato, donde compartir el espacio no sólo con nuestros compañeros de trabajo, sino también con los chicos de la escuela donde estaría ese espacio, y con otros trabajadores de la zona? Pensemos en su potencial multiplicador: ¿Y si además ofrecieran instancias formativas para que las niñas, niños y adolescentes aprendieran a cocinar? Un taller en acción, al servicio de la comunidad, que además le restaría energía a una de las cargas domésticas más pesadas.
Aquí se abren más preguntas: ¿De qué otra manera se podrían aprovechar las capacidades ociosas del sistema educativo para beneficios no necesariamente educativos, destinados a las y los trabajadores? ¿Qué pesos podríamos resolver de esa manera y que, por qué no, contribuyan mínimamente a imaginar una maternidad o paternidad menos pesada, más deseada? ¿Qué funciones sí vinculadas a lo educativo (servicios de salud para niños, niñas y adolescentes de modo que las familias se ahorren las colas y los turnos en hospitales, por ejemplo) necesitarían un espacio en la escuela que hoy no tienen?
Hay un punto adicional que querría plantear en esta entrega, algo corrida de lo estrictamente educativo: la idea de la previsibilidad.
Se suele decir, con bastante liviandad, que las juventudes actuales desprecian los empleos estables, que ya están arrojados a las mieles de la incertidumbre con convicción y felicidad y que eso es el nuevo, universal y definitivo zetigeist de la relación de los humanos con el trabajo. Permítanme dudar: hay demasiada ideología de clase en ese concepto. En mi experiencia como docente los adolescentes valoran el trabajo en blanco y estable. Tal vez no quieran trabajar toda su vida de lo mismo -es cierto que hoy ningún trabajo ofrece algo de estas características, así que ni siquiera es un horizonte real-, pero sí tener un ingreso estable, fijo, que les permita vivir con dignidad. La mayoría de ellos apuestan a que el mandato de sus familias, de transitar el sistema educativo la mayor cantidad de tiempo posible, es deseable porque les va a permitir llegar más lejos que si no lo transitaran. Las estadísticas avalan esta impresión. En este orden de ideas, muchos quieren ir a la universidad. Pública. Y valoran muy positivamente que sea gratuita. “La universidad no me sirve para nada” puede ser un axioma que enarbolen jóvenes que están ya dentro de circuitos laborales muy dinámicos y de alta rentabilidad (¿no fue siempre así, en otros momentos de la historia, en la que los que la “pegaron” en el momento exacto y en el lugar exacto obviamente podían prescindir de estudios formales? A los19 años, un inmigrante italiano llamado Torcuato Di Tella, sin grandes estudios formales, aprovecha una huelga de panaderos para hacer circular su invento: una máquina amasadora de pan.), pero no para la masa popular de la juventud. Es cierto que son frases que a los adultos nos impactan, pero podríamos atravesar las escenas con un poco de crítica sociológica.
La imagen del joven-Rappi como espíritu de la época es tentadora, como “ilusión de libertad” a la que los jóvenes han adherido con fruición. Pero, ¿Y si Rappi no es más que esos primeros trabajos de mierda que todos tuvimos a esa edad, y que no eran nuestro horizonte de expectativas sino una forma de ganarse unos primeros pesos propios? Nadie esperaba demasiado de esas experiencias, más que unos mangos de la manera menos sacrificada posible. Muy pocos aspirábamos a formar sindicatos en esa época: el ejemplo del inmigrante italiano era abiertamente antisindical. Nuestros derechos laborales no eran el punto.
¿Por qué esta digresión? Decía: la previsibilidad. Una red de comedores en las escuelas sumaría previsibilidad a nuestras vidas alienadas, pero una previsibilidad que está descargada de nuestras energías porque se resolvió por otro lado. ¿Qué más quiere cualquier ser humano que tener la expectativa de que algo que se le presenta como un embole sea resuelto, y que eso efectivamente suceda sin nuestra intervención? ¿Puede esta pregunta guiar otras ideas sobre la educación, más perennes? ¿Qué formación podemos brindar que deje una base de previsibilidad intelectual, profesional, a nuestros alumnos, en el futuro, a partir de la cual puedan desarrollarse y ser, efectivamente, libres?
La aventura, lo impredecible, era encantadora cuando el mundo sólo nos proponía previsibilidad, entre fines del siglo XIX y fines del XX. Las memorias que Stefan Zweig narra en “El mundo de ayer”, llenas de nostalgia, son un fiel testimonio de este desafío a una estabilidad soporífera. Pero todo eso se ha evaporado trágicamente, como con una bomba de hidrógeno. Todo se tornó incierto, y en vez de surfear el “no hay alternativa” thatcheriano tal vez deberíamos preguntarnos si no late, ahí debajo, un doloroso deseo de que las cosas sucedan como esperamos, de una vez, porque alguien más lo resolvió por nosotros y eso nos facilita la vida. Y si la respuesta es afirmativa -yo creo que lo es-, entonces desde allí pensar nuestra utopía. Si vivimos señalando -los otros y nosotros- que la ansiedad es el estado de ánimo que marca el arrítmico ritmo de Occidente, ¿cómo no pensar en la estabilidad como una meta política, social y económica innegociable?
La utopía pedagógica que imaginemos a partir de este escenario de sobredigitalización y caída de la natalidad no tiene que poner a la escuela como la única institución que va a resolver todo lo demás. No hay utopía sin pensar qué necesita un trabajador en el siglo XXI, en pleno auge new age del emprendedurismo y de ejércitos de alienados defendiendo millonarios pedófilos desde un celular con conexión 4G y ensardinados en un tren. No hay utopía sin pensar qué queremos del mundo empresarial y en qué lugar lo queremos en vez de demonizarlo. No hay utopía si cada uno mira su ombligo.
En este sentido, estas palabras -que finalmente descubro bastante flojas, pero publico igual porque así es mi neurosis- buscan pensar qué podríamos hacer en las escuelas frente al fenómeno que enfrentamos, más allá de educar. En los posts anteriores planteé: el sistema educativo es una red de edificios territorializados. Pocas instituciones tienen esa ventaja. Edificios, en general, grandes: nunca es un localcito minúsculo, porque de mínima son ¿300? ¿500? metros cuadrados.
Horror vacui
A mediados-finales del siglo XIX, Sarmiento imaginó un sistema educativo para el “desierto” argentino. Claro: desplazados y aniquilados los indígenas, la elite dirigente tenía frente a sí a una cantidad monstruosa de terreno que sólo invitaba a imaginar. No tenía, la Generación del 80, una limitación inmobiliaria para pensar dónde poner sus instituciones estatales y desarrollos productivos y cómo serían. ¿Por qué no poner una quinta educativa gigante en el centro de Adrogué? 150 años después nosotros teníamos esa limitación: si queremos escuelas con más verde, cielo, espacio, hay que expropiar y eso parece ser bastante inviable como política a gran escala.
Sin embargo, la caída de la natalidad deja, si la pensamos visualmente, “escuelas vacías”. Los docentes en Argentina, en definitiva, somos sarmientinos, mal que les pese a muchos: padecemos el horror vacui. ¿Con qué vamos a llenar ese vacío? ¿Qué le vamos a ofrecer no sólo a las nuevas generaciones, sino al pueblo entero, en esos espacios?
El límite está en nuestra imaginación.
Publicada el 21 de febrero de 2026
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