Que necesito, dulce maestra, alguien que pinte aquí…

Mayo es la pesadilla de la maestra joven Sí, claro, diciembre es la peor pesadilla, especialmente ahora que se puso de moda terminar el año con les pibes en aula mientras las maestras intentan equivocarse lo menos posible en el maldito anexo 6. Pero es común a todas, incluso es común a todes les trabajadores […]

Mayo es la pesadilla de la maestra joven

Sí, claro, diciembre es la peor pesadilla, especialmente ahora que se puso de moda terminar el año con les pibes en aula mientras las maestras intentan equivocarse lo menos posible en el maldito anexo 6. Pero es común a todas, incluso es común a todes les trabajadores que se ven en la situación de tener que cerrar el año justo cuando menos energía tienen para hacerlo. Y quizá sea común a todos los seres humanos, porque los finales son siempre donde partimos, como en los antiguos torneos de fútbol cuando en diciembre se jugaba el apertura, como si no existiera el derecho y la necesidad de frenar, respirar, descansar.

Pero mayo, decíamos, mayo es muy otra cosa. Porque en mayo la batalla también es contra el tiempo, pero no el tiempo del calendario, el tiempo circular y cíclico que se obstina en repetir: mayo en la escuela es la batalla del tiempo en generaciones, el enfrentamiento mortal entre lo que no termina de morir y lo que no acaba de nacer, más que nada porque en la Escuela como institución nada muere del todo y ciertamente muchas cosas nunca jamás llegan a nacer. Un poco como esa primera junta de gobierno que año a año recordamos como el cumpleaños de un ex al que no sabemos si da saludar o no.Ah, bendita revolución extraña que supimos conquistar. Una gesta patriótica con un presidente (hoy) boliviano, un hito liberal con un protagonista eclesiástico, un intento de autodeterminación con dos españoles (¿o un español y un catalán?), una declaración de fidelidad que derivó en una independencia, una sublevación que llevaba los colores del depuesto rey. Llamarlo contradictorio es una obviedad, la academia se relame nombrándolo terreno de disputa de sentidos y las maestras callamos que es un verdadero quilombo, sí, quilombo, porque también está atravesado por serios conflictos raciales que no serán un issue para algunes pero sí son contenidos a enseñar en la escuela primaria.Y las maestras jóvenes sufrimos. Las más grandes, “las de antes”, no tanto: pegan figuritas de próceres, investigan qué pasó día a día en la semana de mayo, hacen un acto con pregones (¡pero sin caritas pintadas con corcho, que es 2022, caramba!) y luego del “¡Viva la Patria!” final, y todavía lagrimeando, reciben una torta celeste y blanca para que algún gurí de primero sople las velitas. La Patria cumple años y no es sólo la seño la que lagrimea, a más de une se le mueve algo adentro, especialmente si el país está pasando por una crisis y el sentir nacionalista funciona como un grito de gol colectivo. Hermosos, emocionantes y profundamente adoctrinadores actos escolares. Sin dudas, el más lindo de todos.

Pero las jóvenes…las jóvenes fueron alumnas un poco después. Hicieron pastelitos del 25 y saben bailar el pericón, pero también entienden, aunque nadie se los diga, que está un poco prohibido seguir haciendo eso. En la secundaria ya vivieron la ola revisionista que les puso patas para arriba las pocas certezas que habían conseguido a pura mazamorra calientita, y entonces se enojaron con todos, y juraron vengar a Castelli como los adolescentes de la Historia Oficial, y se preguntaron por qué festejar algo que les convenía a los ingleses, y se reprocharon lo porteñocéntrico de achacarle el nacimiento del país a lo que pasó en Buenos Aires, aunque no haya sido más que un embrión dubitativo, un país por nacer. Con todo eso caen al aula y, encima, se le suma la revolución industrial la francesa la norteamericana otras latinoamericanas porque cipaya jamás principalmente la haitiana para demostrar que la población negra fue la primera

-Ay, dios, me va a reventar la cabeza- se queja la Facunda, envuelta en mil pedacitos de hojas de colores. -¿Dónde carajo puse la tijera?- masculla buscando esa porquería que corta con formitas, porque los bordes rectos están prohibidos en la escuela. Una hoja de block de colores se le hunde en la yema del dedo de la manera más imbécilmente dolorosa, un corte profundo que no sangra, sólo ahonda en su infinito fastidio. -Pero la re putísima madre que me re mil parió- exclama a media voz, harta, revoleando una ajada ilustración de la Primera Junta.-¡Nena! ¿Qué te pasa?-Nada, Leti, nada- suspira, extenuada. -Es esta cartelera de mierda.-El léxicooo- la reprende cariñosamente Olga. -A ver, ¿qué hay que hacer?-Basura hay que hacer.  Toneladas de papeles chotos con cosas chotas que nadie en su chota vida va a leer pero que hay que hacer. Como si yo hubiera estudiado para hacer dibujitos.-Bueno, eso no estaría tan mal- replica Olga. La Facunda no llega a disculparse que Leti y Olga ya se pusieron al frente. No les corresponde, ya están haciendo la escenografía para el acto, pero la Facunda se entrega, rendida, y se deja mimar. Al rato ya hay una puesta en escena que bien podría estar en una galería de arte contemporáneo, con colores que contrastan en armonía y un despliegue de texturas que no tienen casi nada que ver con el 25 de mayo pero que en realidad no le importa a nadie, porque nada de todo eso le importa a nadie.-Gracias, chicas, de verdad. No sé cómo hacen. Se ve que yo nací con dos manos izquierdas.-Nosotras estudiamos para hacer dibujitos, eso es lo que pasa- le responde Leti con un guiño de ojo.-Bueeeeno estudiar, lo que se dice estudiar…-bromea la Facunda.-¡Mirá las barbaridades que dice esta desgraciada!- finge ofenderse Olga, mientras se lleva un pedazo de telgopor mil veces pinchado y repinchado, testimonio fiel de que algunas tradiciones permanecen mucho más tiempo del que deberían y de que nunca se le va a dejar de pedir a las seños que sean muy, pero muy prolijitas.
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Olga y Leticia Cossettini son las seños de Plástica y Tecnología de la escuela. Entre las dos suman más de un siglo y sin embargo están porfiadas en pedir la permanencia porque la escuela es su vida; para bien y para mal. Son dos señoras encantadoras, con un jipismo edición Woodstock y una locura bien encaminada hacia el lado correcto. Sus clases son caos completos en los que cada pibe está en la suya, estropeando pinceles y guardapolvos, pero de esas clases salen mágicamente unos productos preciosos que visten a la escuela en cada ocasión importante. Ambas saben moverse en esa anomia que es el taller de plástica y no se apichonan frente a ningún proyecto por más ambicioso que sea, porque no por nada están desde la época en la que el punzón era un elemento común en manos de criaturas de seis años. Para sus compañeras, que bien podrían haber sido sus alumnas, son como una fotografía de época y mirarlas a ellas es espiar por la cerradura de sus aulas de primaria. Cada vez que Leti hace maquetas de molinos y Olga se sumerge en mares de plasticola y brillantina, las maestras se permiten un rapto de nostalgia y en esos momentos breves comprenden cuánta importancia tuvieron sus maestras-artistas en su elección por la docencia. Al fin y al cabo, una elige esta profesión un poco buscando volver al patio de su primaria y rara vez se da cuenta de que las escenógrafas de ese plató eran sus maestras de Plástica y Tecnología.Olga y Leticia todavía creen en que las manos no pueden estar quietas mientras la mente aprende, pero cada vez quedan más obsoletas en un sistema educativo empeñado en convertirse en un conjunto de píxeles. Su resistencia es seguir proponiendo el tacto en un mundo que se obstina en entrar por los ojos, ellas siguen insistiendo en ajustar el brillo porque saben que no todo es oro y que a veces más conviene la arcilla y el papel maché. Y en el medio, crean belleza, porque saben por ser profesionales, pero más saben por viejas, y entienden como nadie que la prolijidad del plumín y la tinta china graban mejor que nada a la infancia en la memoria.Pobres Olga y Leticia, no se equivocaron de profesión, sólo equivocaron el siglo.
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Entre que salió tarde de la escuela (tenía turno de salida, ¡qué castigo!) y que el subte tardó una eternidad, la Facunda no llegó a ducharse antes de tener que cruzar la ciudad rajando para llegar a tiempo al recital. Está intentando no pensar en su pantalón probablemente manchado de tiza en lugares poco decorosos mientras se entretiene  desenredándose el nudo de pelo que la bufanda le arma en la nuca. La pulcritud que no la caracteriza se le vuelve un mandato inalcanzable, piensa, trabajando tantas horas afuera de casa y otras tantas dentro de su casa, ¿quién tiene tiempo de teñirse las canas y tener las uñas con el esmalte entero? Se propone, igual, mejorar, emprolijarse, recortar un poco su idiosincracia desordenada con una tijera de formitas. Sale Mollo a escena y en el medio del pogo, la Facunda se permite ser un poco sucia y desprolija, todo lo que se pueda permitir una señorita maestra, claro está.
P.D
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Belén Albarello

A los tres años entró a la escuela y todavía no ha conseguido irse. Abrevó en todos los niveles educativos hasta que se enamoró del guardapolvo blanco que, como el vino y el tango, te esperan. Quería ser docente porque educar es combatir y vivió para comprobarlo. Hincha del Rojo pero más de la Selección. El humor es su espada, su pluma y su palabra.

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